Foto de perro ahogado

Cuando encadenar significa asesinar

Estos días hemos visto imágenes muy duras por la borrasca Marta que ha arrasado con Andalucía. Muchas familias han perdido su casa y algunos por desgracia han perdido su vida.

También hemos podido ver como tantos trabajadores y voluntarios han salido a ayudar, no solo a personas, sino también a los animales que se encontraban en una situación extrema de vida o muerte. Eterno agradecimiento para aquellas personas, trabajadoras y voluntarias, por lo que han hecho y hacen por los animales.

Por desgracia, no todos nos preocupamos por los animales, y muchos acaban muriendo por culpa de la negligencia y falta de empatía de algunos humanos.

Esto es lo que ha ocurrido este fin de semana en Arcos de la Frontera. Tres perros han sido asesinados porque su dueña los tenía encadenados. También muchas gallinas han aparecido muertas. No se preocupó por ellos. No lo digo yo, lo dice ella, en el vídeo a continuación, podéis oír como los llama «mierda de perro», ya que a ella sólo le preocupa su casa, y no la vida de los perros que tenía a su «cuidado», encadenados.

El vídeo es muy duro.

En empatía lo tenemos claro, encadenar a un perro de forma permanente no es la solución en ningún caso. Está prohibido por ley. Tenemos que luchar para que deje de ser una práctica habitual, y las personas que lo hagan, paguen por ello.

Si conoces de algún caso, desde aquí te ayudamos: denuncia.

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imagen de petardos con el síbolo de prohibición encima

Pirotecnia y celebraciones públicas: cuando la ley también exige empatía

Perro asustado por los petardos

Cada año, la pirotecnia se presenta como un elemento incuestionable de las celebraciones públicas. Sin embargo, desde el punto de vista legal, los fuegos artificiales no son un derecho fundamental, sino una actividad autorizada que puede —y debe— limitarse cuando entra en conflicto con otros bienes jurídicos protegidos.

Y ese conflicto existe.

Desde la reforma del Código Civil, los animales han dejado de ser considerados cosas para ser reconocidos como seres sintientes. Este cambio no es simbólico: implica una obligación clara para las administraciones públicas de evitar sufrimiento evitable. El estrés extremo que provocan los petardos en animales domésticos y fauna urbana no es una hipótesis, sino un hecho documentado, previsible y reiterado cada año.

A esto se suma la afectación directa a personas vulnerables. El ruido intenso y repentino constituye una auténtica barrera sensorial para personas con trastornos del espectro autista, hipersensibilidad sensorial, ansiedad o estrés postraumático. Las celebraciones institucionales, financiadas y promovidas por las administraciones, no pueden excluir de facto a una parte de la población sin vulnerar el principio de accesibilidad y no discriminación.

imagen de petardos con el síbolo de prohibición encima

Desde el Derecho Administrativo, cualquier decisión pública debe superar el principio de proporcionalidad: la medida debe ser necesaria, adecuada y equilibrada. La pirotecnia no supera este test cuando existen alternativas festivas —espectáculos de luz, música o proyecciones— que permiten celebrar sin causar daño.

Además, existen precedentes claros. En 2022, la ciudad británica de Scarborough canceló los fuegos artificiales de Año Nuevo tras el asesoramiento de expertos en vida silvestre, para proteger a una morsa en migración. La decisión fue legal, viable y socialmente asumida. No se eliminó la celebración; se eliminó el daño innecesario.

La pregunta, por tanto, no es si se puede limitar la pirotecnia desde la ley.
La pregunta es por qué, con el conocimiento y las herramientas jurídicas disponibles, se sigue eligiendo no hacerlo.

Celebrar sin causar sufrimiento no es radical.
Es coherente con la ley, con la ética y con una sociedad que dice avanzar en empatía.

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Foto de Andoni ayudando a un jabacho

La empatía de Andoni

Esta mañana he tenido el placer de hacer una entrevista con Andoni, agente forestal que lleva más de cuarenta años luchando por los animales, y que a día de hoy, jubilado y con cuatro nietos, sigue ayudando por toda España, ya sea asesorando, o personándose él mismo siempre que le sea posible.

Cuarenta años son muchos años para estar detrás de esta lucha. Para aquellos que llevamos tiempo en esto, sabemos lo difícil, lo frustrante y lo duro que resulta. ¿Cómo lo ha gestionado Andoni? Pues a veces mal, a veces mejor, pero nunca se ha rendido, siempre con el apoyo de su familia y a veces con apoyo médico, ha seguido sin mirar atrás, sin arrepentirse de nada. Porque algo está claro, si hay un animal que salvar, Andoni no lo duda, Andoni está ahí.

Foto de Andoni con un jabalí bebé

La realidad del trabajo en el campo: una realidad agridulce

Cuando habla de los animales, a Andoni se le nota algo que no se enseña en ninguna academia forestal: una empatía sincera y sin artificio hacia cada individuo. No describe “fauna salvaje”, sino historias concretas. Historias bonitas, como la cigüeña bebé que salvó o el jabalí bebé que rescató y le devolvió la libertad. Historias terribles, como cachorros asesinados a porrazos, o perros ahorcados. En su trabajo como guarda forestal, Andoni ha sido testigo de la violencia ilegal y la legal que sufren los animales en el medio rural. Y, sin embargo, no ha respondido con resignación, sino con resistencia ética.

Obstáculos legales y adminsitrativos

La ley española reconoce a los animales como seres sintientes, pero esa protección se diluye cuando entra en conflicto con otros intereses: la caza, la ganadería o las competencias fragmentadas entre administraciones. Andoni conoce mejor que nadie esas grietas.

En su día a día se enfrenta a una paradoja: tiene la obligación profesional de proteger a la fauna, pero a menudo carece de herramientas legales para actuar frente a prácticas toleradas durante décadas. Desde perros encerrados permanentemente hasta animales silvestres heridos por armas de caza, sus informes pueden quedar detenidos en un laberinto burocrático donde nadie asume responsabilidades, donde el amiguismo está a la orden del día: que los jueces bajen las penas para que tu vecino no vaya a la cárcel o directamente archivar el caso, por “colegueo” y no responsabilizar por asesinar a un perro, aún habiendo admitido el mismo denunciado “que el perro ya no le valía y su amigo le pegó un tiro”. 

Cómo él mismo comenta durante la entrevista: “Una vida de un animal, que es una vida, tiene sentimientos, tiene sentidos, sufre, se ríe, disfruta, juega y pasa sus enfermedades…Que venga una persona con esta mala saña y lo abandone o directamente lo mate… y que haya alguien que esté en sus manos castigarlo… y no lo haga, y se vaya de rositas, y que ése tío luego se ría de tí a la cara… Qué injusticia.”

Pese a ello, llama a la puerta que haga falta: ayuntamientos, seprona, fiscalías ambientales, veterinarios comarcales. Su resistencia consiste en insistir hasta desgastar al silencio.

Esta lucha desde dentro revela el problema estructural: quien quiere proteger a los animales muchas veces depende de cargos públicos que no hacen su trabajo. 

Ciervo decapitado

Convivencia con la ciudadanía, ganaderos y cazadores

El territorio rural no es un espacio neutral: está atravesado por intereses económicos, tradiciones muy arraigadas y una forma de entender la naturaleza donde los animales son recursos o herramientas. Andoni ha aprendido que convivir con la ciudadanía, los ganaderos y los cazadores implica moverse en ese equilibrio frágil. Pero su trabajo no es diplomático: es legal y ético. Ahí aparecen los conflictos.

Su defensa de los animales —especialmente cuando implica denunciar prácticas ilegales o maltrato— no siempre se recibe con diálogo. Hay sectores de la ganadería y la caza que perciben cualquier intervención como una invasión o una amenaza a su modo de vida, aunque aquello que denuncia Andoni esté prohibido por ley o suponga un sufrimiento evidente para los animales.

Ese choque ha tenido consecuencias personales: amenazas directas, presiones, campañas de desprestigio y un clima de intimidación permanente. A veces son mensajes anónimos; otras, presiones para que cierre expedientes, insinuaciones sobre represalias, o la sensación de que “no conviene” remover ciertos asuntos. No se trata de discrepancias, sino de un ejercicio de poder histórico: quien controla el territorio intenta imponer silencio. Directamente Andoni tiene varias amenazas de muerte por algunos cazadores. 

Aun así, Andoni no ha retrocedido. Entiende que su responsabilidad como agente público no es agradar, sino proteger.

Para Andoni, la convivencia real no se basa en la omisión, sino en poner límites donde empieza el daño a los animales, aunque eso signifique soportar presiones y amenazas de muerte. 

Hay algo que está claro, si Andoni recibe presiones y amenazas por aquellos que maltratan a los animales, algo está haciendo bien. 

Imagen de amenaza hacia Andoni, rifle apuntando a Andoni

Empatía, ética animal y resistencia

A Andoni no lo mueve un discurso ideológico abstracto. Lo mueve algo más simple y más radical: la capacidad de sentir lo que siente un animal. Esa mirada hace que sus decisiones sean incómodas para quienes esperan una simple gestión de recursos naturales.

Su ética nace de las historias que carga en la memoria: animales que ha rescatado, otros que no llegó a tiempo, y los que vio morir por decisiones humanas que se consideran “normales” en el campo.

Esa experiencia moldea una forma de resistencia silenciosa: informar, documentar, denunciar, acompañar; sostener la dignidad de los animales incluso cuando nadie mira. Su empatía no es emocionalismo; es política práctica, aplicada desde dentro.

Hace unos meses le llamaron para salvar a unas jabalinas que se encontraban en una balsa atrapadas. Intentó sacarlas con una cuerda y con la ayuda de dos chicos que trabajan ahí. La jabalina, asustada, le pegó un buen “rapapolvo”,  le costó dos mordiscos y un esguince. A día de hoy sigue con la zona del muslo donde le mordieron acartonado. 

Todo esto fue grabado por uno de los trabajadores, y Andoni tuvo que aguantar que desde la diputación, el cargo político de medio ambiente le llamara loco y muchas cosas más ya que según él, debería de haber matado a las jabalinas, aún sabiendo que la responsabilidad de un guarda forestal implica velar por el bienestar animal y, en caso necesario, intervenir para su protección.

Andoni salvando un ave

Final de la entrevista

Andoni demuestra que la defensa de los animales no empieza en grandes despachos, sino en decisiones cotidianas: detener el coche, levantar un teléfono, escribir un informe que quizá nadie leerá. Su empatía no es perfecta, ni busca serlo; es coherencia aplicada, una resistencia discreta pero férrea frente a un sistema que aún trata a los animales como recursos.

Frente a quienes dicen que no se puede hacer nada, él muestra lo contrario: sí se puede, aunque cueste, aunque no se vea, aunque no se aplauda. 

En la entrevista agradece expresamente a todas las personas que intervienen para salvar un animal, que avisan cuando ven un caso de maltrato o que simplemente ofrecen agua a un animal herido. No romantiza la causa: entiende que proteger a los animales es un esfuerzo colectivo, muchas veces silencioso, y se esfuerza en devolver ese apoyo.

Su forma de hacerlo es tan sencilla como radical: deja su número de teléfono y su dirección de correo para quien necesite ayuda. Lo dice sin grandilocuencia, con naturalidad: si alguien encuentra un animal herido o no sabe qué hacer, puede contar con él. Esa disponibilidad rompe el muro institucional y convierte la empatía en un canal directo de acción.

Por último Andoni se dirige a los animales, lo hace con sencillez, sin dramatismo, como quien habla con aquellos a quienes respeta:

“Ha sido un placer conoceros, gracias por todo. Aguantad.”

Entrevsita a Andoni Díaz Blanco realizada por Donna Ratier-Kimberley

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gato riendo

El humor está en todas partes

gato riendo

No cabe duda que en este periodo que estamos viviendo el humor lo utilizamos para seguir adelante. Ahora bien, se tiende a ver a la comunidad vegana como los amargados que no dejan disfrutar de la fiesta a sus amigos. ¿Es esto verdad? Yo, personalmente, tiendo a reírme con casi todos los chistes. Aquellos que no me hacen gracia es por el simple hecho de que los he escuchado un millón de veces. Creo que esto ocurre a menudo cuando encasillan a las personas, y por ende, a los veganos nos pasa también. 

Es cierto que hay veces que por pura frustración y tristeza, es más duro reírse. No es para menos. Si uno lo piensa detenidamente, los veganos por norma general se hacen veganos porque empatizan con el sufrimiento de los animales. Cuando ven un filete en el plato de su amigo, no sólo ven un filete, sino ven el animal que ha sido maltratado durante mucho tiempo y finalmente sacrificado por el placer del paladar. Y esto resulta incomprensible. Nos resulta terrible. Para sobrevivir tenemos que abstraernos y no pensar en ello, y a veces resulta imposible.

Persona frustrada

Dicho esto, es importante recordar que el humor también sirve para unir a las personas. Cuando dos personas se ríen juntas, no solo están compartiendo un momento agradable: en el cuerpo y el cerebro ocurren procesos muy profundos, coordinados y medibles. La ciencia ha estudiado este fenómeno desde la neurobiología, la psicología social y la evolución. El cerebro libera dopamina, una hormona relacionada con el placer. Esta recompensa se multiplica cuando la risa es compartida, por eso “reírse juntos” resulta más placentero que reírse solo. Se liberan hormonas de conexión, especialmente oxitocina, conocida como la “hormona del vínculo”. Esto fortalece la sensación de cercanía, confianza y seguridad mutua. Es por ello que el humor es una de las herramientas más poderosas que tenemos para generar simpatía, y debemos usarla. 

Un detalle precioso sobre la neurociencia

Detrás de esta reflexión me queda otra que me da especialmente rabia. Chistes sobre veganos hay muchos. Sobre la industria cárnica, no conozco ninguno. ¿Quizá sería el momento de buscar humor detrás de los que están provocando la masacre? Es decir, no sólo tacharlos de bárbaros, sino también reírnos de ellos.

¿Os sabéis algún chiste hacia la industria cárnica?

Con cabeza y corazón.

Donna Ratier-Kimberley

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Hamburguesa Vegana

El mundo al revés

El mundo está patas arriba. No sabemos por dónde empezar. Son tantas las cosas que hay que arreglar, que hacer una lista y priorizar parece imposible.

Y sin embargo, parece que hay quienes tienen claro cuál es el principal problema. La Unión Europea vota para prohibir el uso de «hamburguesas vegetarianas» y «salchichas de origen vegetal».

Sí, justo eso. No la crisis climática, ni la explotación animal, ni la contaminación de los ríos o la pérdida de biodiversidad… No. El verdadero drama es que alguien compre una hamburguesa vegetal y… ¡le guste!

¿Cuál es exactamente el problema? En todos los envases se indica claramente que son veganas. Tienen un público específico, y nadie se confunde. Tal vez el conflicto sea puramente semántico: no está bien —dicen— que se llame hamburguesa a algo que no implique sufrimiento ni tortura hacia un animal.

Me recuerda a cuando, hace veinte años, se discutía si una unión entre dos personas del mismo sexo podía llamarse “matrimonio”. La palabra, decían, pertenecía a la Iglesia. Hasta que, con el tiempo, el sentido común y la justicia se impusieron: una boda civil entre hombres o mujeres también es un matrimonio.

Quizá este empeño con las etiquetas venga de ahí: de una necesidad de proteger palabras, aunque detrás de ellas haya realidades mucho más crueles que cualquier juego lingüístico.

Pero esta preocupación por la nomenclatura pasa por ser preocupante cuando afecta a una industria poderosa. Porque sino, ¿cómo se explica el caso por ejemplo de los sorbetes? El sorbete se diferencia al helado por no llevar ni leche, ni huevos ni nada que se le parezca, en cambio, muchas veces debemos comprobar el etiquetado porque no es así.

O en los huevos de “gallinas camperas”, con su número 1 bien visible y sus dibujos idílicos de aves felices al sol. Sabemos que no es así. Aunque tengan acceso al exterior, muchas veces las salidas al campo son limitadas (a veces pequeñas puertas a un recinto exterior). Esas gallinas viven en naves y hacinadas, los machos son sacrificados al nacer, y las hembras son sacrificadas cuando dejan de ser “productivas”. Pero ahí no estamos engañando a nadie, no como con los nuggets veganos.

Así que nada, antes de ayudar a los animales, parece que debemos dedicarnos a reetiquetar los productos veganos. Dejar claro que las hamburguesas son sólo hamburguesas si hay sufrimiento detrás.

El planeta arde, los mares se llenan de plástico, y los animales mueren a millones… pero al menos las hamburguesas llevan el nombre correcto. Qué tranquilidad.

Dejando de lado la ironía, que se llamen hamburguesas o vegamburguesas nos importa poco. Lo triste es que la preocupación sea esa: que haya quien invierta tiempo, energía y dinero en debatir una palabra mientras los animales siguen pagando el precio real.

Con cabeza y corazón.

Donna Raiter-Kimberley

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