Tetrabrik de leche con una foto de fondo de una vaca con mastitis sacando leche con máquina

La guerra de los nombres

Estos últimos meses hemos presenciado entre la industria cárnica (ganaderos, sector cárnico y eurodiputados conservadores) y el mundo de la proteína vegetal (la industria plant-based, grupos ecologistas y organizaciones de consumidores), una guerra por los nombres. ¿Se puede llamar hamburguesa a algo que no tiene carne? Bueno… Si llamamos coches a los coches que no tienen combustible, o trenes a los que ya no van con vapor… En mi opinión es positiva, sí, se puede. Es más, parece que se ha llegado a un consenso. Hamburguesas sí, chuletón no. 

Pero, y aquí es donde a lo mejor me meto en un problema, ¿es realmente importante? Los que somos veganos por ideología, por justicia, por convicción, sobre todo por la defensa del bienestar de los seres sintientes, lo que nos importa es que los animales estén bien, por eso creo que los nombres y la guerra por poder llamar nuggets o hamburguesa a algo que no tiene carne nos distrae de lo realmente importante. Es más, creo que la creatividad del mundo de la comida es maravillosa, no hay mejor ejemplo que la veganesa, la vuna o vatún o el faux gras… ejemplos donde la creatividad gana y se hace cada vez más popular.

Veganesa de SoriaNatural y FauxGras de Gaia

Hablo de una lucha contra la industria cárnica porque no solo son las empresas los que están peleando en juicios: Muchas veces oigo a los que somos veganos discutiendo y defendiendo la nomenclatura. Nos oigo discutir de forma muy efusiva, como si fuera EL derecho que no nos pueden arrebatar… El llamar a algo de alguna forma. Y sí, lo entiendo, el lenguaje importa. Sobre todo para las empresas que quieren vender su producto. Pero creo que nos está distrayendo. Estar luchando por los nombres nos distrae del problema importante: el bienestar de los animales, que se haga justicia, que el mundo entero conozca lo hay detrás de su hamburguesa de carne. No es una vaca pastando o un cerdo tomando el sol, esa no es la realidad. Nosotros lo sabemos, pero la gente que sigue comprando leche de vaca donde en el tetrabrik aparece una vaca pastando, no lo sabe. Te parecerá sorprendente, pero la mayoría de la gente piensa que las vacas dan leche porque son así de majas, y que viven con más vacas en hectáreas de pasto entre sol y sombra felices. ¿Y por qué? Porque esta mentira no la estamos luchando como es debido. Si la industria cárnica no deja que llamemos hamburguesa a la hamburguesa de proteína vegetal, ¿por qué ellos pueden poner una vaca feliz en su empaquetado? 

Como sabemos, la realidad es muy diferente. Las vacas paren y a las pocas horas o pocos días les arrebatan a su ternero para poder seguir ordeñándolas; pasan la gestación y la lactancia encerradas en naves, muchas de ellas sin ver la luz del sol ni pisar un pasto en toda su vida productiva, entre cuatro paredes y un suelo de cemento, viendo siempre lo mismo: la misma nave, los mismos barrotes, el mismo cubículo donde descansar. Inseminadas artificialmente una vez tras otra para que el grifo de leche no se corte, con una producción que multiplica varias veces lo que su cuerpo necesitaría para criar a su propia cría. Cuando ese ritmo las agota —mastitis, cojeras, el cuerpo roto de dar tanta leche— acaban en el matadero con cuatro o cinco años, cuando podrían haber vivido hasta veinte, sin haber sentido jamás la hierba o la luz del sol. Y los cerdos… las madres pasan buena parte de su vida en jaulas de gestación tan estrechas que no pueden ni darse la vuelta, encerradas en naves sin ventanas donde no distinguen el día de la noche, y paren en jaulas de parición donde apenas pueden acercarse del todo a sus lechones. A estos, recién nacidos, se les cortan los dientes, la cola y se les castra, casi siempre sin ningún tipo de anestesia. Nacen, viven y mueren sin haber visto el cielo una sola vez.

Imagen de ternero siendo sacado con una carretilla, vacas al fondo enjauladas. Cerdo en una jaula de gestación.

Fotos de We Animals, esta es la realidad de la ganadería extensiva.

Yo le daría la vuelta a todo. La próxima vez que salga este debate, les diría: tenéis razón, no está bien confundir mínimamente al consumidor. Por mí, si realmente creéis que engañamos al consumidor, encantada de dejar de llamar hamburguesas a nuestras hamburguesas. Pero entonces vosotros no podéis engañarles tampoco con fotos de vacas y cerdos felices. Debéis poner en el envase la foto real del animal que hay dentro. De dónde viene, cómo ha vivido, cómo lo habéis sacrificado. No queremos engañar a nadie, ¿verdad? Pues ahí tenéis la oportunidad perfecta para no hacerlo. A partir de ahora, nuestras hamburguesas se llamarán vegetalesas, o lo que la creatividad nos permita inventar. A cambio, mostradnos la verdad. 

Foto creada con IA, fondo de We Animals, una vaca dando leche, esta es la realidad de la ganadería extensiva. 

Foto creada con IA (Gemini), el fondo es una foto de We Animals, esta es la realidad de la ganadería extensiva. 

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Smartphone con publicidad de hamburguesa

Prohibir la publicidad de la carne: éticamente necesario, pero ¿suficiente?

Prohibir la publicidad de la carne: éticamente necesario, pero ¿suficiente?

El 2026, el Ayuntamiento de Ámsterdam, impulsado por el partido ecologista GroenLinks y Partij voor de Dieren – PvdD (Partido por los Animales), aprobó una medida sin precedentes en Europa: prohibir la publicidad de carne en el espacio público de la ciudad. La justificación fue clara: reducir el impacto climático de la ganadería industrial y ser coherentes con los compromisos de sostenibilidad municipales. Así, marquesinas, vallas y transporte público dejaron de poder albergar anuncios de productos cárnicos. Pero hay una pregunta incómoda que merece ser formulada con honestidad: ¿va a funcionar?

La respuesta corta es: probablemente no si se queda aquí.

Antes de entrar en el debate sobre la eficacia, conviene dejar algo claro: retirar del espacio público la promoción de una industria que causa sufrimiento masivo a animales sintientes, que es uno de los principales motores del cambio climático, y que genera enormes costes sanitarios y medioambientales que pagamos entre todos, es éticamente correcto.

El espacio público es un bien común. Que ese bien común haya servido durante décadas para que la industria cárnica normalize y glamurice sus productos —a menudo sin mostrar nada de lo que ocurre realmente en las granjas industriales— es algo que merece ser cuestionado. Ámsterdam ha tenido el valor de hacerlo.

Pero la ética no es lo mismo que la eficacia. Y aquí empieza el problema.

Smartphone con publicidad de hamburguesa

Cuando se anunció la medida, el debate público se centró en si era o no una restricción a la libertad de expresión comercial. Lo que se discutió menos es lo que apuntó el director de la ANVR (Asociación General Neerlandesa de Empresas de Viaje) en una entrevista reciente en la BBC: que el dinero que la industria cárnica destinaba a publicidad en el espacio público no va a desaparecer. Va a trasladarse.

Y adónde va a ir es fácil de predecir: a los smartphones. A las redes sociales. A los algoritmos que saben exactamente a quién mostrar qué anuncio, en qué momento, con qué mensaje.

La paradoja es que la prohibición podría resultar contraproducente. Antes, una persona que caminaba por la calle podía ignorar una marquesina mirando al móvil —y de hecho, eso es exactamente lo que hace la mayoría. Después de la prohibición, esa misma persona encontrará los anuncios de carne directamente en ese móvil que antes usaba para esquivar la publicidad exterior. Con una diferencia crucial: los anuncios en redes sociales son hiperpersonalizados, interactivos y diseñados para generar engagement. Son, en todos los sentidos, más efectivos que una marquesina.

La industria, además, no ha esperado a que la regulación la empuje. Ya lleva años invirtiendo masivamente en redes sociales, en influencers, en contenido patrocinado que no siempre se identifica claramente como publicidad. La prohibición en el espacio físico puede acelerar una migración que ya estaba en marcha.

Una imagen que se lee lo siguiente: Una sociedad que decide que ciertos productos no merecen ser promovidos en el espacio común está diciendo algo sobre sus valores colectivos.

Sí, aunque con matices. Joreintje Mackenbach, profesora asociada de Epidemiología y Ciencia de Datos en el UMC de Ámsterdam, señala que hay evidencias de que este tipo de restricciones puede generar cambios reales de comportamiento. El caso del tabaco es el más estudiado: la prohibición progresiva de la publicidad en distintos países se asoció a reducciones en el consumo, especialmente entre los jóvenes.

Pero la propia Mackenbach reconoce algo importante: incluso si la medida tuviera un impacto limitado en términos de comportamiento, podría tener valor como señal normativa. Una sociedad que decide que ciertos productos no merecen ser promovidos en el espacio común está diciendo algo sobre sus valores colectivos. Y eso, aunque sea simbólico, también importa.

El problema es que «simbólico» no es suficiente cuando hablamos de una crisis climática con plazos concretos y de millones de animales que sufren cada día en granjas industriales.

Foto de cajas de tabaco con sus etiquetados: cáncer de pulmón e infartos

La derecha suele responder a estas medidas con el argumento del libre albedrío: la gente tiene derecho a decidir qué come. Es un argumento que merece ser tomado en serio, pero también respondido con seriedad.

¿Qué tipo de libertad es la de quien decide sin información completa? La publicidad de la industria cárnica muestra vacas felices en prados verdes, familias reunidas alrededor de una barbacoa, productos que evocan tradición y bienestar. No muestra las granjas industriales, las condiciones de vida de los animales, el impacto ambiental de cada filete, ni los antibióticos que se usan de forma masiva y que contribuyen a la resistencia bacteriana.

Si el argumento es la libertad de elección, que sea una elección real. Y para eso hace falta información veraz, completa y visible. El modelo del tabaco vuelve a ser relevante: no solo se prohibió la publicidad, sino que se obligó a incluir advertencias sanitarias con imágenes explícitas en los propios paquetes. El resultado fue una caída sostenida del consumo en todos los países que lo aplicaron.

Aplicar una lógica similar a los productos cárnicos —etiquetado obligatorio con información sobre el impacto ambiental, el bienestar animal y la huella de carbono— sería el complemento lógico y necesario a la prohibición publicitaria. No para manipular, sino para lo contrario: para que la decisión del consumidor sea verdaderamente libre e informada.

La prohibición de publicidad de carne en Ámsterdam es histórica. Merece ser reconocida como lo que es: un primer paso valiente en la dirección correcta, que abre una conversación que el resto de Europa tardará o temprano tendrá que dar.

Pero si se queda ahí, corre el riesgo de convertirse en un gesto bienintencionado que la industria absorbe sin dificultad, simplemente reorientando sus presupuestos hacia canales donde nadie la puede regular todavía, o donde la regulación llega con décadas de retraso.

El camino que ha abierto Ámsterdam necesita continuación: regulación de la publicidad digital, etiquetado honesto, y una conversación pública que no eluda la pregunta de fondo. No se trata de prohibir que la gente coma carne. Se trata de que, si lo hace, lo haga sabiendo exactamente qué está eligiendo.

Eso sí sería libertad.

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