Smartphone con publicidad de hamburguesa

Prohibir la publicidad de la carne: éticamente necesario, pero ¿suficiente?

Prohibir la publicidad de la carne: éticamente necesario, pero ¿suficiente?

El 2026, el Ayuntamiento de Ámsterdam, impulsado por el partido ecologista GroenLinks y Partij voor de Dieren – PvdD (Partido por los Animales), aprobó una medida sin precedentes en Europa: prohibir la publicidad de carne en el espacio público de la ciudad. La justificación fue clara: reducir el impacto climático de la ganadería industrial y ser coherentes con los compromisos de sostenibilidad municipales. Así, marquesinas, vallas y transporte público dejaron de poder albergar anuncios de productos cárnicos. Pero hay una pregunta incómoda que merece ser formulada con honestidad: ¿va a funcionar?

La respuesta corta es: probablemente no si se queda aquí.

Antes de entrar en el debate sobre la eficacia, conviene dejar algo claro: retirar del espacio público la promoción de una industria que causa sufrimiento masivo a animales sintientes, que es uno de los principales motores del cambio climático, y que genera enormes costes sanitarios y medioambientales que pagamos entre todos, es éticamente correcto.

El espacio público es un bien común. Que ese bien común haya servido durante décadas para que la industria cárnica normalize y glamurice sus productos —a menudo sin mostrar nada de lo que ocurre realmente en las granjas industriales— es algo que merece ser cuestionado. Ámsterdam ha tenido el valor de hacerlo.

Pero la ética no es lo mismo que la eficacia. Y aquí empieza el problema.

Smartphone con publicidad de hamburguesa

Cuando se anunció la medida, el debate público se centró en si era o no una restricción a la libertad de expresión comercial. Lo que se discutió menos es lo que apuntó el director de la ANVR (Asociación General Neerlandesa de Empresas de Viaje) en una entrevista reciente en la BBC: que el dinero que la industria cárnica destinaba a publicidad en el espacio público no va a desaparecer. Va a trasladarse.

Y adónde va a ir es fácil de predecir: a los smartphones. A las redes sociales. A los algoritmos que saben exactamente a quién mostrar qué anuncio, en qué momento, con qué mensaje.

La paradoja es que la prohibición podría resultar contraproducente. Antes, una persona que caminaba por la calle podía ignorar una marquesina mirando al móvil —y de hecho, eso es exactamente lo que hace la mayoría. Después de la prohibición, esa misma persona encontrará los anuncios de carne directamente en ese móvil que antes usaba para esquivar la publicidad exterior. Con una diferencia crucial: los anuncios en redes sociales son hiperpersonalizados, interactivos y diseñados para generar engagement. Son, en todos los sentidos, más efectivos que una marquesina.

La industria, además, no ha esperado a que la regulación la empuje. Ya lleva años invirtiendo masivamente en redes sociales, en influencers, en contenido patrocinado que no siempre se identifica claramente como publicidad. La prohibición en el espacio físico puede acelerar una migración que ya estaba en marcha.

Una imagen que se lee lo siguiente: Una sociedad que decide que ciertos productos no merecen ser promovidos en el espacio común está diciendo algo sobre sus valores colectivos.

Sí, aunque con matices. Joreintje Mackenbach, profesora asociada de Epidemiología y Ciencia de Datos en el UMC de Ámsterdam, señala que hay evidencias de que este tipo de restricciones puede generar cambios reales de comportamiento. El caso del tabaco es el más estudiado: la prohibición progresiva de la publicidad en distintos países se asoció a reducciones en el consumo, especialmente entre los jóvenes.

Pero la propia Mackenbach reconoce algo importante: incluso si la medida tuviera un impacto limitado en términos de comportamiento, podría tener valor como señal normativa. Una sociedad que decide que ciertos productos no merecen ser promovidos en el espacio común está diciendo algo sobre sus valores colectivos. Y eso, aunque sea simbólico, también importa.

El problema es que «simbólico» no es suficiente cuando hablamos de una crisis climática con plazos concretos y de millones de animales que sufren cada día en granjas industriales.

Foto de cajas de tabaco con sus etiquetados: cáncer de pulmón e infartos

La derecha suele responder a estas medidas con el argumento del libre albedrío: la gente tiene derecho a decidir qué come. Es un argumento que merece ser tomado en serio, pero también respondido con seriedad.

¿Qué tipo de libertad es la de quien decide sin información completa? La publicidad de la industria cárnica muestra vacas felices en prados verdes, familias reunidas alrededor de una barbacoa, productos que evocan tradición y bienestar. No muestra las granjas industriales, las condiciones de vida de los animales, el impacto ambiental de cada filete, ni los antibióticos que se usan de forma masiva y que contribuyen a la resistencia bacteriana.

Si el argumento es la libertad de elección, que sea una elección real. Y para eso hace falta información veraz, completa y visible. El modelo del tabaco vuelve a ser relevante: no solo se prohibió la publicidad, sino que se obligó a incluir advertencias sanitarias con imágenes explícitas en los propios paquetes. El resultado fue una caída sostenida del consumo en todos los países que lo aplicaron.

Aplicar una lógica similar a los productos cárnicos —etiquetado obligatorio con información sobre el impacto ambiental, el bienestar animal y la huella de carbono— sería el complemento lógico y necesario a la prohibición publicitaria. No para manipular, sino para lo contrario: para que la decisión del consumidor sea verdaderamente libre e informada.

La prohibición de publicidad de carne en Ámsterdam es histórica. Merece ser reconocida como lo que es: un primer paso valiente en la dirección correcta, que abre una conversación que el resto de Europa tardará o temprano tendrá que dar.

Pero si se queda ahí, corre el riesgo de convertirse en un gesto bienintencionado que la industria absorbe sin dificultad, simplemente reorientando sus presupuestos hacia canales donde nadie la puede regular todavía, o donde la regulación llega con décadas de retraso.

El camino que ha abierto Ámsterdam necesita continuación: regulación de la publicidad digital, etiquetado honesto, y una conversación pública que no eluda la pregunta de fondo. No se trata de prohibir que la gente coma carne. Se trata de que, si lo hace, lo haga sabiendo exactamente qué está eligiendo.

Eso sí sería libertad.

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Televisor con fondo de vegetales

La brecha de representación vegana/vegetariana en la ficción televisión occidental

Millones de personas en la vida real, prácticamente ninguna en pantalla — y cuando aparecen, es para reírse de ellas.

Hay un grupo de personas que vive entre nosotros en números considerables, que toma decisiones cotidianas sobre lo que come, que tiene razones profundas para hacerlo —éticas, medioambientales, de salud— y que, sin embargo, prácticamente no existe en la ficción televisiva occidental. No como protagonista, no como secundario memorable, no como persona que simplemente vive su vida. Hablamos de veganos, vegetarianos y flexitarianos.

Antes de entrar en lo que ocurre en pantalla, vale la pena detenerse en los números reales. A veces olvidamos que detrás de las estadísticas hay personas concretas: compañeros de trabajo, vecinos, familiares.

Según los datos más recientes disponibles —Gallup, la Vegan Society UK, el Eurobarómetro y el Smart Protein Project— la fotografía de la población adulta occidental en 2024–2025 es bastante clara:

Tabla comparativa entre veganos, vegetarianos, flexivegetarianos y personas trans, estimación de población adulta occidental 2024-2025

Esa última fila no está ahí para establecer ningún tipo de jerarquía. Está para dar contexto. Las personas trans son, por fin, visibles en la ficción contemporánea de una forma que hace veinte años era impensable. La comunidad LGBTQ+ lleva décadas luchando por esa visibilidad —con razón, con urgencia— y los resultados se notan. Según el informe anual de GLAAD 2024–25, el porcentaje de personajes trans en series de televisión, aunque todavía insuficiente, ha crecido de forma sostenida.

el porcentaje entre la población adulta occidental vegana o vegetariana es de 7%-14%, no hay representación en la TV

Hablar de «representación en ficción» puede sonar abstracto, así que conviene precisar de qué hablamos. No estamos considerando documentales sobre agricultura industrial ni programas de cocina vegetal, que son una categoría completamente distinta. Hablamos de drama, comedia y thriller mainstream: las series que produce Netflix, HBO, Amazon, la BBC, las cadenas generalistas europeas y australianas. Ficción donde los personajes viven, aman, trabajan y comen.

«La representación no es solo ver tu reflejo en pantalla. Es la señal que la cultura envía sobre quién cuenta y quién no.»

Cuando un personaje come en una serie —y los personajes comen constantemente, es una de las situaciones más comunes en la ficción— casi siempre comen carne, pescado o productos lácteos. No porque el guión lo requiera necesariamente, sino porque esa es la opción por defecto que nadie cuestiona. El veganismo y el vegetarianismo son, en el mejor de los casos, una nota al margen.

Y cuando aparecen, lo hacen de una manera muy específica.

El resultado de una investigación manual en producciones de EE.UU., Europa y Australia lanzadas en 2024–2025 es llamativo: no se ha encontrado ningún ejemplo de personaje vegano, vegetariano o flexitariano con representación positiva y normalizada en ficción scripted mainstream. Lo que sí existe, en cambio, sigue patrones muy reconocibles:

Es el tipo de representación más común. El personaje vegano o vegetariano aparece para ser ridiculizado: es extremista, pesado, moralista, incapaz de relajarse. Su dieta es la fuente del humor. El resto del grupo lo tolera con condescendencia.
El veganismo o vegetarianismo del personaje crea un problema que hay que resolver: no puede comer en la reunión familiar, genera malestar, o —en el arco más frecuente— "aprende" a ser más flexible y acepta comer lo que los demás.
Personajes que estadísticamente deberían ser veganos o vegetarianos —jóvenes urbanos, activistas, profesionales de la salud— que en pantalla comen exactamente igual que todos los demás, sin que su dieta sea mencionada ni tematizada.
Un protagonista o secundario importante cuya dieta forma parte de quién es, sin que sea el objeto del chiste ni el conflicto del episodio. Alguien que pide el menú vegano en un restaurante con la misma naturalidad con que otro pide una cerveza. Eso, en la ficción mainstream de 2024–2025, sencillamente no existe.

Este contraste con otras formas de representación es difícil de ignorar. La orientación sexual de un personaje puede ser parte natural de su identidad sin que toda la trama gire en torno a ella. Lo mismo ocurre con la religión, la clase social o el origen étnico en las ficciones más avanzadas. Pero la dieta basada en plantas —una elección que toman millones de personas cada día por razones que van desde la ética animal hasta el cambio climático, pasando por la salud— permanece invisible o es activamente caricaturizada.

Podría pensarse que la dieta de los personajes de televisión es un detalle menor, casi trivial. Pero la ficción no es solo entretenimiento: es también el espejo en el que una sociedad se ve a sí misma, y el marco que define qué es normal y qué es raro, qué merece respeto y qué merece burla.

Cuando el único vegano en una serie es el personaje molesto que arruina las barbacoas, eso tiene un efecto real sobre cómo se percibe —y cómo se perciben a sí mismas— las personas que han tomado esa decisión. La invisibilidad no es neutral.

El problema del «defecto omnívoro»

En la ficción audiovisual existe algo que podríamos llamar el «defecto omnívoro»: la asunción implícita de que los personajes comen de todo a menos que se especifique lo contrario. Y esa especificación, cuando llega, casi siempre viene cargada de dramatismo o comedia. Nunca de normalidad.

Es un mecanismo muy parecido al que durante décadas hizo que todos los personajes fueran heterosexuales «por defecto». No era una declaración ideológica consciente de los guionistas: era simplemente la inercia cultural, el camino de menor resistencia. Y sabemos lo que costó romperla.

El argumento del espejo

Los datos del Smart Protein Project indican que casi un tercio de la población adulta occidental se identifica como flexitariana: come carne, pero cada vez menos, de forma más consciente. Es una tendencia que crece año tras año. Sin embargo, en la ficción mainstream esta realidad es invisible.

Hay algo paradójico en esto: las mismas plataformas que producen series sobre sostenibilidad, cambio climático y consumo responsable parecen incapaces de integrar ese discurso en la vida cotidiana de sus personajes. Los veganos y vegetarianos de la vida real existen en un mundo donde la ficción los ignora o se ríe de ellos.

Nota metodológica

Este análisis se centra en ficción scripted mainstream (drama, comedia, thriller) producida en EE.UU., Europa y Australia con estreno en 2024–2025. Se excluyen explícitamente los documentales y los programas de cocina, que constituyen una categoría distinta con sus propias dinámicas de representación. La comparación con datos de representación trans utiliza el informe anual de GLAAD 2024–25 como referencia, sin establecer jerarquías entre comunidades ni comparar la naturaleza de los desafíos que enfrentan.

Los datos de población corresponden a estimaciones de adultos en países de Europa Occidental, EE.UU., Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

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Dibujo sobre una mente abierta

El antes y el después del saber: cambios en la dieta

Esquema: inteligencia-->pensamiento crítico, sensibilidad ética-->cuestionarse=dieta ética

Es preciso aclarar que los estudios más sólidos no analizan solo el veganismo, sino las dietas vegetarianas o basadas en plantas en general.

Existe una relación estadística entre una mayor inteligencia en la infancia/juventud y una mayor probabilidad de adoptar una dieta vegetariana/vegana en la adultez.

¿Por qué?

Son principalmente tres las razones por las que las personas que han optado por una dieta más vegetal tienden a ser más inteligentes.

  1. Cuestionarse todo.
  2. Buscar información.
  3. Ser más abiertos.

Cuestionarse todo: Cuando te preguntas por todo lo que te rodea, es fácil acabar preguntándote cómo se sienten los seres que te rodean. Acabas preguntándote cómo tratan a los animales que acaban en tu plato y por supuesto, la ética que hay detrás. 

Signo de interrogación rojo

Buscar información: Buscar respuestas es la fase consecuente de preguntarse por todo. Una vez te has preguntado por los seres que te rodean, lo lógico es buscar información y hallar una respuesta. La conclusión es clara, el sufrimiento de los seres sintientes, el daño que les producimos los seres humanos por consumirlos como alimento, es innegable, incluso con la desinformación y las mentiras que existen en la red. 

Ser más abiertos: La tercera razón, y probablemente la más concluyente, es la de ser abiertos mentalmente. Es fácil llegar a la conclusión a la que hemos llegado antes si nos preguntamos y buscamos un poco de información. Incluso sin buscar demasiado, el veganismo es una realidad palpitante en la actualidad y encontrar respuestas resulta cada vez más fácil. Ahora bien,  ¿por qué a la gente le cuesta tanto cambiar de dieta? La costumbre, la tradición, sigue marcando el día a día de la mayoría de las personas que nos rodean, y cambiar la dieta es probablemente uno de los cambios más difíciles de tomar. No sólo porque uno se ha acostumbrado a seguir ciertas recetas, da pereza aprender a cocinar otros platos, buscar otros tipos de alimentos… Sino porque socialmente estamos marcados por nuestro orgullo culinario, hasta tal forma, que quedar a comer con amigos, resulta una tarea ardua si quieres tomar una dieta más ética. Te preguntarán constantemente o se reirán de tí. Y eso si encontráis un establecimiento con opciones veganas, sin marcarles a ellos su comida. 

Mente abierta

Otra razón que podemos añadir a la lista es la inteligencia emocional que va asociado a la decisión de no comer animales. Empatizar con los seres sintientes es algo que no es capaz de hacer todo el mundo, pero aquellas personas con una mayor inteligencia emocional no tardan en darse cuenta del sufrimiento que se causa con la dieta omnívora. 

En varias investigaciones dentro de psicología social y economía del comportamiento aparece la misma tendencia:
altos niveles de inteligencia general + mayores capacidades de razonamiento moral abstracto + estilos cognitivos deliberativos =  menor consumo de carne

Esto no implica que todas las personas inteligentes elijan una dieta vegana, sino que entre quienes lo hacen, estadísticamente hay una sobrerrepresentación de perfiles con CI más alto/educación más alta.

Al fin y al cabo, cuando la inteligencia se une al pensamiento crítico y a la sensibilidad ética, aparece el cuestionamiento del especismo, y ese cuestionamiento lleva de forma natural a adoptar una dieta ética sin animales.

Y tú… ¿alguna vez te has preguntado qué sienten los seres que nos rodean? A veces, la pregunta adecuada puede cambiarlo todo.

Con cabeza y corazón.

Donna Ratier-Kimberley

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Japón hace muchos años

El mito de la carne

Japón hace muchos años

“Comer macetas está de moda.”

Pues parece que no. Lo que está de moda —y desde hace muy poco— es comer tanta carne. Durante casi toda la historia, las sociedades humanas vivieron con dietas basadas en plantas: arroz, legumbres, cereales, verduras y frutas. Comer carne a diario es una costumbre reciente, nacida con la industrialización y la expansión colonial.

En Japón, India, Etiopía o Europa, millones de personas pasaron siglos sin comer animales… por ética, por respeto, por cultura o, simplemente, porque no era necesario.

Japón: más de 1.000 años sin carne

Desde el año 675 d.C. hasta 1872, la carne estuvo prohibida por ley.
El budismo y el sintoísmo promovían el respeto a los animales, y la dieta japonesa se basaba en arroz, legumbres, verduras y algas.
Fue el emperador Meiji quien rompió el tabú al comer carne por primera vez en público como símbolo de “modernización”.

India: la no violencia como norma

El principio de ahimsa —no hacer daño a ningún ser sintiente— guió la alimentación durante siglos.
El jainismo y el hinduismo mantuvieron dietas vegetarianas o veganas desde hace más de 2.500 años.
Las legumbres son el corazón de la cocina india tradicional.

Europa: la carne era un lujo

Durante siglos, las clases populares apenas comían carne.
La Iglesia imponía ayunos y abstinencias casi la mitad del año, y muchas órdenes monásticas eran vegetarianas.
La carne se convirtió en símbolo de estatus solo tras la Revolución Industrial.

África y Oriente Medio: moderación y respeto

En Etiopía, la Iglesia ortodoxa prohíbe la carne y los lácteos más de 200 días al año.
En el Islam, el sacrificio debe realizarse con compasión y agradecimiento.
En regiones áridas, la carne siempre fue un lujo excepcional.

América precolombina: civilizaciones basadas en plantas

Antes de la colonización, las principales culturas (mayas, mexicas, incas…) se alimentaban de maíz, frijoles, calabaza, patata, quinoa y frutas.
La caza existía, pero no era la base de la dieta.

Conclusión: un mito moderno

Durante casi toda la historia, la humanidad comió sobre todo plantas.
La carne diaria es un fenómeno moderno, nacido con la industrialización y la colonización. se inventaron formas de producir carne en masa encerrando a millones de animales en naves sin luz, sin espacio y sin aire limpio. Esa violencia permitió algo impensable:
que la carne fuera barata. A costa de los animales, del planeta y también de nuestra salud.

Con cabeza y coarzón.

Donna Ratier-Kimberley

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Hamburguesa Vegana

El mundo al revés

El mundo está patas arriba. No sabemos por dónde empezar. Son tantas las cosas que hay que arreglar, que hacer una lista y priorizar parece imposible.

Y sin embargo, parece que hay quienes tienen claro cuál es el principal problema. La Unión Europea vota para prohibir el uso de «hamburguesas vegetarianas» y «salchichas de origen vegetal».

Sí, justo eso. No la crisis climática, ni la explotación animal, ni la contaminación de los ríos o la pérdida de biodiversidad… No. El verdadero drama es que alguien compre una hamburguesa vegetal y… ¡le guste!

¿Cuál es exactamente el problema? En todos los envases se indica claramente que son veganas. Tienen un público específico, y nadie se confunde. Tal vez el conflicto sea puramente semántico: no está bien —dicen— que se llame hamburguesa a algo que no implique sufrimiento ni tortura hacia un animal.

Me recuerda a cuando, hace veinte años, se discutía si una unión entre dos personas del mismo sexo podía llamarse “matrimonio”. La palabra, decían, pertenecía a la Iglesia. Hasta que, con el tiempo, el sentido común y la justicia se impusieron: una boda civil entre hombres o mujeres también es un matrimonio.

Quizá este empeño con las etiquetas venga de ahí: de una necesidad de proteger palabras, aunque detrás de ellas haya realidades mucho más crueles que cualquier juego lingüístico.

Pero esta preocupación por la nomenclatura pasa por ser preocupante cuando afecta a una industria poderosa. Porque sino, ¿cómo se explica el caso por ejemplo de los sorbetes? El sorbete se diferencia al helado por no llevar ni leche, ni huevos ni nada que se le parezca, en cambio, muchas veces debemos comprobar el etiquetado porque no es así.

O en los huevos de “gallinas camperas”, con su número 1 bien visible y sus dibujos idílicos de aves felices al sol. Sabemos que no es así. Aunque tengan acceso al exterior, muchas veces las salidas al campo son limitadas (a veces pequeñas puertas a un recinto exterior). Esas gallinas viven en naves y hacinadas, los machos son sacrificados al nacer, y las hembras son sacrificadas cuando dejan de ser “productivas”. Pero ahí no estamos engañando a nadie, no como con los nuggets veganos.

Así que nada, antes de ayudar a los animales, parece que debemos dedicarnos a reetiquetar los productos veganos. Dejar claro que las hamburguesas son sólo hamburguesas si hay sufrimiento detrás.

El planeta arde, los mares se llenan de plástico, y los animales mueren a millones… pero al menos las hamburguesas llevan el nombre correcto. Qué tranquilidad.

Dejando de lado la ironía, que se llamen hamburguesas o vegamburguesas nos importa poco. Lo triste es que la preocupación sea esa: que haya quien invierta tiempo, energía y dinero en debatir una palabra mientras los animales siguen pagando el precio real.

Con cabeza y corazón.

Donna Raiter-Kimberley

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vaca con número de identificación

La cifra que cuesta imaginar: más de un millón de animales muertos al día

ConceptoCifra/Descripción
Animales ejecutados en mataderos en España (2024)>1.250.000 cada día
Animales exportados vivos (anualmente)Cientos de miles (UE, China, México, Rusia, Arabia Saudí…)
Expectativa de vidaSiempre muerte temprana y vida de miseria en granjas
Prácticas permitidas por normativa europea– Trituración de pollitos machos vivos- Amputación de rabos de cerdos sin anestesia- Gallinas en jaulas del tamaño de un folio- Cerdas inmovilizadas en jaulas de parto durante >1 mes
Condiciones habituales en granjasHacinamiento, suciedad, falta de luz solar, ausencia de asistencia veterinaria, convivencia con cadáveres
Promedio de animales consumidos por persona a lo largo de su vida~7.000
Animales acuáticos (peces, mariscos, etc.)No contabilizados como individuos: millones adicionales invisibilizados

Las cifras son abrumadoras. Tanto, que cuesta hacerse una idea de la situación. Conejos, cerdos, ovejas, pollos, vacas, caballos… Según datos del ministerio de agricultura, durante el año 2024 se ejecutaron en mataderos MÁS de 1.250.000 animales CADA DÍA en nuestro país.

A estos animales ejecutados en los mataderos españoles, hay que sumar los cientos de miles que se venden cada año vivos a otros países, tanto de la Unión Europea (que se rigen por la misma normativa) como a países terceros, con normativa infinitamente más laxa y que suponen infernales viajes de semanas, la mayoría en barco, para recorrer miles de kilómetros hasta su destino final en China, México, Rusia o Arabia Saudí, entre otros.

Si para muchas personas el lugar donde se nace determina la probabilidad de sobrevivir, pertenecer a una especie considerada “ganadera” implica la certeza de una muerte temprana y una vida de miseria, donde no importan lo más mínimo los intereses propios. Donde cada individuo es un simple número en un dispositivo identificador.

De hecho, y considerando que la normativa europea está a años luz de la de otros países respecto al supuesto “bienestar” de animales en las explotaciones ganaderas, ésta permite que los pollitos machos sean triturados vivos, que a los cerdos se les ampute el rabo sin anestesia, que se considere adecuado que una gallina viva en una jaula del tamaño de un folio, dentro de una nave sin acceso al exterior, o que una cerda pase más de un mes, tumbada e inmovilizada, desde unos días antes de dar a luz, hasta que, después de amamantar a sus pequeños durante unos 28 días, se los roben.

Para los animales considerados “de granja” cada día es un suplicio.

Imagina vivir en condiciones de hacinamiento, entre heces, sin acceso directo a la luz del sol, sin asistencia veterinaria en caso de enfermedad o dolor y conviviendo en ocasiones con los cadáveres de tus compañeros… Y por supuesto, sin que a nadie le importe lo más mínimo con quién has establecido vínculos afectivos.

Esta situación se repetirá día tras día, hasta que un día te suban a un camión y llegues al matadero donde esperarás, con terror, turno en una fila de la que no puedes escapar, mientras presencias cómo van ejecutando, uno a uno, a tus compañeros.

Esto, que parece una historia de terror, es la realidad impuesta a cientos de millones de animales cada año en nuestro país.

Si la situación de estos animales te duele y te parece injusta, puedes ayudarles. Cambia el consumo de carne por una dieta basada en vegetales.

Es más sencillo de lo que parece y desde Empatía te queremos ayudar con nuestro programa gratuito, de 8 semanas, elaborado por una dietista-nutricionista.

Si de media cada persona consume 7.000 animales a lo largo de su vida, ¿a cuántos animales salvarás tú?

*La información ofrecida no tiene en cuenta en cuenta a los peces y otros animales marinos, que ni siquiera se contabilizan como individuos.

Raquel Aguilar Povill

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Peter Singer en Phair 2025

Filosofía, empatía y activismo: PHAIR 2025 en Edimburgo

Cartel del Phair 2025

Entre el 2 y el 5 de julio, nuestra compañera, Donna Ratier-Kimberley, tuvo la oportunidad de asistir a PHAIR 2025, la conferencia internacional sobre filosofía y defensa animal que se celebró en la Universidad de Edimburgo. Bajo el lema Animal Advocacy Conference, el evento reunió a personas investigadoras, activistas y comunicadoras de todo el mundo para reflexionar juntas sobre nuestras relaciones con los demás animales.

¿Qué es PHAIR?

PHAIR (Philosophy and Animals International Research) es una organización que promueve el análisis filosófico y científico de las relaciones humano-animales, con un enfoque en la justicia, la ética aplicada y la incidencia política. A través de su congreso cada dos años, facilita el encuentro entre el mundo académico y el activismo, apostando por una filosofía al servicio del cambio social.

La chispa de Singer y la pregunta clave

La conferencia arrancó con la charla pública de Peter Singer, siempre inspirador por su claridad y compromiso ético. Aunque sus ideas han sido ampliamente debatidas y matizadas, su capacidad para seguir impulsando el debate moral en torno al especismo y la responsabilidad individual sigue siendo poderosa.

Ya en el programa académico, una de las charlas más destacadas fue la Keynote de Christopher Hopwood, titulada Humans’ reasons for and against eating animals. A partir de estudios recientes, se analizaron las razones que la gente da para seguir comiendo carne: el sabor, la presión social, las creencias erróneas sobre la salud, el tiempo, o el coste percibido de una dieta vegana. Lo interesante fue ver cómo muchas de estas razones, aunque frágiles desde un punto de vista ético o científico, predicen el comportamiento con bastante eficacia. Esto nos recuerda que, para cambiar hábitos, no basta con tener la razón: necesitamos estrategias que respondan a barreras emocionales, sociales y culturales.

Medios de comunicación: cuando el veganismo se convierte en chiste


Otra sesión reveladora fue el simposio Animals in Art and Media, donde se abordó el papel de la radio, la televisión y los libros en la percepción social del veganismo y de los animales. Como señaló Bronwen Wilson en su análisis sobre la BBC, la representación especista en los medios es sistemática: cuando el veganismo aparece, a menudo es para ridiculizarlo, y muchas veces ni siquiera se considera una opción seria. Esta invisibilidad (o peor, caricaturización) perpetúa la idea de que el respeto hacia los animales no humanos es algo marginal o excéntrico.

¿Dónde están los hombres veganos?

Una cuestión que se repitió en varias ponencias fue la diferencia de género en el veganismo. Según diversos estudios presentados (como los de Dalila Virgolini y Luke McGuire), las mujeres representan más del 70% del colectivo vegano en muchos países. ¿Por qué? Una de las hipótesis más sólidas apunta a que el veganismo se percibe culturalmente como algo «no masculino». En palabras de McGuire, ser vegano aún no encaja con los estereotipos de «macho», y esto se interioriza desde edades muy tempranas. Detectar este sesgo y trabajar sobre él es fundamental si queremos ampliar nuestro alcance.

Violencia doméstica: cuando los animales también son víctimas

Uno de los momentos más conmovedores fue escuchar a Mary Wakeham hablar sobre Animal Abuse as a Strategy of Coercive Control. Su intervención puso luz sobre una realidad apenas conocida: los animales que viven en hogares con violencia de género también sufren maltrato directo, y muchas veces las víctimas humanas no pueden escapar porque temen por la seguridad de sus animales. La organización que presentó trabaja precisamente para ofrecer refugio a animales en estas situaciones. Este enfoque interseccional —que conecta distintas formas de violencia— fue uno de los más potentes del congreso.

Zoológicos: colonias disfrazadas de parques

Por último, quiero destacar una ponencia que me impactó especialmente: la que cuestionaba el papel de los zoológicos como formas contemporáneas de colonialismo. Más allá de sus pretensiones educativas, los zoos reproducen estructuras de poder, control y exotización que vulneran los derechos más básicos de los animales. La charla nos invitó a imaginar formas éticas de relacionarnos con la vida salvaje sin encierro ni espectáculo.

Volví de Edimburgo con la mente llena de ideas y el corazón más convencido que nunca de que la filosofía, la ciencia y la empatía pueden (y deben) ir de la mano. En tiempos de confusión y retroceso, espacios como PHAIR nos recuerdan que construir un mundo más justo para todos los seres sintientes no solo es posible: es urgente.

PHAIR es mucho más que un congreso académico. Es un recordatorio de que el cambio empieza por cuestionarlo todo: desde lo que comemos hasta lo que normalizamos como “entretenimiento”.

Qué es lo que más destacaría

Una de las cosas que más me llamaron la atención fue como todos, tanto los ponentes como los asistentes, estaban de acuerdo en que la discriminación por la dieta no lleva a ningún lado, es más, es contraproducente. Y yo no podría estar más de acuerdo. Me explico. Se llegó a la conclusión en muchas de las ponencias (sobre todo las relacionadas con la dieta vegana) que discriminar a los vegetarianos u omnívoros era un error. Muchas personas son animalistas, pero siguen teniendo una dieta omnívora. No les debemos juzgar, sino informar con un planteamiento amigable, no desde la frustración, que, seamos sinceros, es completamente comprensible. Pero lo cierto es que juzgando lo único que conseguimos es una confrontación que la mayoría de las veces conlleva al rechazo. Hacer sentir mal a la gente no es el camino. Debemos ser empáticos entre nosotros también y recordar que la mayoría de nosotros estuvimos en su situación en el pasado. Debemos escuchar, informar, y cuidar a todos aquellos que se interesen por los animales. Y estoy segura que más pronto que tarde, se harán veganos.

Foto de grupo Phair 2025

Donna Ratier-Kimberley

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