Pirotecnia y celebraciones públicas: cuando la ley también exige empatía

Perro asustado por los petardos

Cada año, la pirotecnia se presenta como un elemento incuestionable de las celebraciones públicas. Sin embargo, desde el punto de vista legal, los fuegos artificiales no son un derecho fundamental, sino una actividad autorizada que puede —y debe— limitarse cuando entra en conflicto con otros bienes jurídicos protegidos.

Y ese conflicto existe.

Desde la reforma del Código Civil, los animales han dejado de ser considerados cosas para ser reconocidos como seres sintientes. Este cambio no es simbólico: implica una obligación clara para las administraciones públicas de evitar sufrimiento evitable. El estrés extremo que provocan los petardos en animales domésticos y fauna urbana no es una hipótesis, sino un hecho documentado, previsible y reiterado cada año.

A esto se suma la afectación directa a personas vulnerables. El ruido intenso y repentino constituye una auténtica barrera sensorial para personas con trastornos del espectro autista, hipersensibilidad sensorial, ansiedad o estrés postraumático. Las celebraciones institucionales, financiadas y promovidas por las administraciones, no pueden excluir de facto a una parte de la población sin vulnerar el principio de accesibilidad y no discriminación.

imagen de petardos con el síbolo de prohibición encima

Desde el Derecho Administrativo, cualquier decisión pública debe superar el principio de proporcionalidad: la medida debe ser necesaria, adecuada y equilibrada. La pirotecnia no supera este test cuando existen alternativas festivas —espectáculos de luz, música o proyecciones— que permiten celebrar sin causar daño.

Además, existen precedentes claros. En 2022, la ciudad británica de Scarborough canceló los fuegos artificiales de Año Nuevo tras el asesoramiento de expertos en vida silvestre, para proteger a una morsa en migración. La decisión fue legal, viable y socialmente asumida. No se eliminó la celebración; se eliminó el daño innecesario.

La pregunta, por tanto, no es si se puede limitar la pirotecnia desde la ley.
La pregunta es por qué, con el conocimiento y las herramientas jurídicas disponibles, se sigue eligiendo no hacerlo.

Celebrar sin causar sufrimiento no es radical.
Es coherente con la ley, con la ética y con una sociedad que dice avanzar en empatía.

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La empatía de Andoni

Esta mañana he tenido el placer de hacer una entrevista con Andoni, agente forestal que lleva más de cuarenta años luchando por los animales, y que a día de hoy, jubilado y con cuatro nietos, sigue ayudando por toda España, ya sea asesorando, o personándose él mismo siempre que le sea posible.

Cuarenta años son muchos años para estar detrás de esta lucha. Para aquellos que llevamos tiempo en esto, sabemos lo difícil, lo frustrante y lo duro que resulta. ¿Cómo lo ha gestionado Andoni? Pues a veces mal, a veces mejor, pero nunca se ha rendido, siempre con el apoyo de su familia y a veces con apoyo médico, ha seguido sin mirar atrás, sin arrepentirse de nada. Porque algo está claro, si hay un animal que salvar, Andoni no lo duda, Andoni está ahí.

Foto de Andoni con un jabalí bebé

La realidad del trabajo en el campo: una realidad agridulce

Cuando habla de los animales, a Andoni se le nota algo que no se enseña en ninguna academia forestal: una empatía sincera y sin artificio hacia cada individuo. No describe “fauna salvaje”, sino historias concretas. Historias bonitas, como la cigüeña bebé que salvó o el jabalí bebé que rescató y le devolvió la libertad. Historias terribles, como cachorros asesinados a porrazos, o perros ahorcados. En su trabajo como guarda forestal, Andoni ha sido testigo de la violencia ilegal y la legal que sufren los animales en el medio rural. Y, sin embargo, no ha respondido con resignación, sino con resistencia ética.

Obstáculos legales y adminsitrativos

La ley española reconoce a los animales como seres sintientes, pero esa protección se diluye cuando entra en conflicto con otros intereses: la caza, la ganadería o las competencias fragmentadas entre administraciones. Andoni conoce mejor que nadie esas grietas.

En su día a día se enfrenta a una paradoja: tiene la obligación profesional de proteger a la fauna, pero a menudo carece de herramientas legales para actuar frente a prácticas toleradas durante décadas. Desde perros encerrados permanentemente hasta animales silvestres heridos por armas de caza, sus informes pueden quedar detenidos en un laberinto burocrático donde nadie asume responsabilidades, donde el amiguismo está a la orden del día: que los jueces bajen las penas para que tu vecino no vaya a la cárcel o directamente archivar el caso, por “colegueo” y no responsabilizar por asesinar a un perro, aún habiendo admitido el mismo denunciado “que el perro ya no le valía y su amigo le pegó un tiro”. 

Cómo él mismo comenta durante la entrevista: “Una vida de un animal, que es una vida, tiene sentimientos, tiene sentidos, sufre, se ríe, disfruta, juega y pasa sus enfermedades…Que venga una persona con esta mala saña y lo abandone o directamente lo mate… y que haya alguien que esté en sus manos castigarlo… y no lo haga, y se vaya de rositas, y que ése tío luego se ría de tí a la cara… Qué injusticia.”

Pese a ello, llama a la puerta que haga falta: ayuntamientos, seprona, fiscalías ambientales, veterinarios comarcales. Su resistencia consiste en insistir hasta desgastar al silencio.

Esta lucha desde dentro revela el problema estructural: quien quiere proteger a los animales muchas veces depende de cargos públicos que no hacen su trabajo. 

Ciervo decapitado

Convivencia con la ciudadanía, ganaderos y cazadores

El territorio rural no es un espacio neutral: está atravesado por intereses económicos, tradiciones muy arraigadas y una forma de entender la naturaleza donde los animales son recursos o herramientas. Andoni ha aprendido que convivir con la ciudadanía, los ganaderos y los cazadores implica moverse en ese equilibrio frágil. Pero su trabajo no es diplomático: es legal y ético. Ahí aparecen los conflictos.

Su defensa de los animales —especialmente cuando implica denunciar prácticas ilegales o maltrato— no siempre se recibe con diálogo. Hay sectores de la ganadería y la caza que perciben cualquier intervención como una invasión o una amenaza a su modo de vida, aunque aquello que denuncia Andoni esté prohibido por ley o suponga un sufrimiento evidente para los animales.

Ese choque ha tenido consecuencias personales: amenazas directas, presiones, campañas de desprestigio y un clima de intimidación permanente. A veces son mensajes anónimos; otras, presiones para que cierre expedientes, insinuaciones sobre represalias, o la sensación de que “no conviene” remover ciertos asuntos. No se trata de discrepancias, sino de un ejercicio de poder histórico: quien controla el territorio intenta imponer silencio. Directamente Andoni tiene varias amenazas de muerte por algunos cazadores. 

Aun así, Andoni no ha retrocedido. Entiende que su responsabilidad como agente público no es agradar, sino proteger.

Para Andoni, la convivencia real no se basa en la omisión, sino en poner límites donde empieza el daño a los animales, aunque eso signifique soportar presiones y amenazas de muerte. 

Hay algo que está claro, si Andoni recibe presiones y amenazas por aquellos que maltratan a los animales, algo está haciendo bien. 

Imagen de amenaza hacia Andoni, rifle apuntando a Andoni

Empatía, ética animal y resistencia

A Andoni no lo mueve un discurso ideológico abstracto. Lo mueve algo más simple y más radical: la capacidad de sentir lo que siente un animal. Esa mirada hace que sus decisiones sean incómodas para quienes esperan una simple gestión de recursos naturales.

Su ética nace de las historias que carga en la memoria: animales que ha rescatado, otros que no llegó a tiempo, y los que vio morir por decisiones humanas que se consideran “normales” en el campo.

Esa experiencia moldea una forma de resistencia silenciosa: informar, documentar, denunciar, acompañar; sostener la dignidad de los animales incluso cuando nadie mira. Su empatía no es emocionalismo; es política práctica, aplicada desde dentro.

Hace unos meses le llamaron para salvar a unas jabalinas que se encontraban en una balsa atrapadas. Intentó sacarlas con una cuerda y con la ayuda de dos chicos que trabajan ahí. La jabalina, asustada, le pegó un buen “rapapolvo”,  le costó dos mordiscos y un esguince. A día de hoy sigue con la zona del muslo donde le mordieron acartonado. 

Todo esto fue grabado por uno de los trabajadores, y Andoni tuvo que aguantar que desde la diputación, el cargo político de medio ambiente le llamara loco y muchas cosas más ya que según él, debería de haber matado a las jabalinas, aún sabiendo que la responsabilidad de un guarda forestal implica velar por el bienestar animal y, en caso necesario, intervenir para su protección.

Andoni salvando un ave

Final de la entrevista

Andoni demuestra que la defensa de los animales no empieza en grandes despachos, sino en decisiones cotidianas: detener el coche, levantar un teléfono, escribir un informe que quizá nadie leerá. Su empatía no es perfecta, ni busca serlo; es coherencia aplicada, una resistencia discreta pero férrea frente a un sistema que aún trata a los animales como recursos.

Frente a quienes dicen que no se puede hacer nada, él muestra lo contrario: sí se puede, aunque cueste, aunque no se vea, aunque no se aplauda. 

En la entrevista agradece expresamente a todas las personas que intervienen para salvar un animal, que avisan cuando ven un caso de maltrato o que simplemente ofrecen agua a un animal herido. No romantiza la causa: entiende que proteger a los animales es un esfuerzo colectivo, muchas veces silencioso, y se esfuerza en devolver ese apoyo.

Su forma de hacerlo es tan sencilla como radical: deja su número de teléfono y su dirección de correo para quien necesite ayuda. Lo dice sin grandilocuencia, con naturalidad: si alguien encuentra un animal herido o no sabe qué hacer, puede contar con él. Esa disponibilidad rompe el muro institucional y convierte la empatía en un canal directo de acción.

Por último Andoni se dirige a los animales, lo hace con sencillez, sin dramatismo, como quien habla con aquellos a quienes respeta:

“Ha sido un placer conoceros, gracias por todo. Aguantad.”

Entrevsita a Andoni Díaz Blanco realizada por Donna Ratier-Kimberley

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gato riendo

El humor está en todas partes

gato riendo

No cabe duda que en este periodo que estamos viviendo el humor lo utilizamos para seguir adelante. Ahora bien, se tiende a ver a la comunidad vegana como los amargados que no dejan disfrutar de la fiesta a sus amigos. ¿Es esto verdad? Yo, personalmente, tiendo a reírme con casi todos los chistes. Aquellos que no me hacen gracia es por el simple hecho de que los he escuchado un millón de veces. Creo que esto ocurre a menudo cuando encasillan a las personas, y por ende, a los veganos nos pasa también. 

Es cierto que hay veces que por pura frustración y tristeza, es más duro reírse. No es para menos. Si uno lo piensa detenidamente, los veganos por norma general se hacen veganos porque empatizan con el sufrimiento de los animales. Cuando ven un filete en el plato de su amigo, no sólo ven un filete, sino ven el animal que ha sido maltratado durante mucho tiempo y finalmente sacrificado por el placer del paladar. Y esto resulta incomprensible. Nos resulta terrible. Para sobrevivir tenemos que abstraernos y no pensar en ello, y a veces resulta imposible.

Persona frustrada

Dicho esto, es importante recordar que el humor también sirve para unir a las personas. Cuando dos personas se ríen juntas, no solo están compartiendo un momento agradable: en el cuerpo y el cerebro ocurren procesos muy profundos, coordinados y medibles. La ciencia ha estudiado este fenómeno desde la neurobiología, la psicología social y la evolución. El cerebro libera dopamina, una hormona relacionada con el placer. Esta recompensa se multiplica cuando la risa es compartida, por eso “reírse juntos” resulta más placentero que reírse solo. Se liberan hormonas de conexión, especialmente oxitocina, conocida como la “hormona del vínculo”. Esto fortalece la sensación de cercanía, confianza y seguridad mutua. Es por ello que el humor es una de las herramientas más poderosas que tenemos para generar simpatía, y debemos usarla. 

Un detalle precioso sobre la neurociencia

Detrás de esta reflexión me queda otra que me da especialmente rabia. Chistes sobre veganos hay muchos. Sobre la industria cárnica, no conozco ninguno. ¿Quizá sería el momento de buscar humor detrás de los que están provocando la masacre? Es decir, no sólo tacharlos de bárbaros, sino también reírnos de ellos.

¿Os sabéis algún chiste hacia la industria cárnica?

Con cabeza y corazón.

Donna Ratier-Kimberley

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Dibujo sobre una mente abierta

El antes y el después del saber: cambios en la dieta

Esquema: inteligencia-->pensamiento crítico, sensibilidad ética-->cuestionarse=dieta ética

Es preciso aclarar que los estudios más sólidos no analizan solo el veganismo, sino las dietas vegetarianas o basadas en plantas en general.

Existe una relación estadística entre una mayor inteligencia en la infancia/juventud y una mayor probabilidad de adoptar una dieta vegetariana/vegana en la adultez.

¿Por qué?

Son principalmente tres las razones por las que las personas que han optado por una dieta más vegetal tienden a ser más inteligentes.

  1. Cuestionarse todo.
  2. Buscar información.
  3. Ser más abiertos.

Cuestionarse todo: Cuando te preguntas por todo lo que te rodea, es fácil acabar preguntándote cómo se sienten los seres que te rodean. Acabas preguntándote cómo tratan a los animales que acaban en tu plato y por supuesto, la ética que hay detrás. 

Signo de interrogación rojo

Buscar información: Buscar respuestas es la fase consecuente de preguntarse por todo. Una vez te has preguntado por los seres que te rodean, lo lógico es buscar información y hallar una respuesta. La conclusión es clara, el sufrimiento de los seres sintientes, el daño que les producimos los seres humanos por consumirlos como alimento, es innegable, incluso con la desinformación y las mentiras que existen en la red. 

Ser más abiertos: La tercera razón, y probablemente la más concluyente, es la de ser abiertos mentalmente. Es fácil llegar a la conclusión a la que hemos llegado antes si nos preguntamos y buscamos un poco de información. Incluso sin buscar demasiado, el veganismo es una realidad palpitante en la actualidad y encontrar respuestas resulta cada vez más fácil. Ahora bien,  ¿por qué a la gente le cuesta tanto cambiar de dieta? La costumbre, la tradición, sigue marcando el día a día de la mayoría de las personas que nos rodean, y cambiar la dieta es probablemente uno de los cambios más difíciles de tomar. No sólo porque uno se ha acostumbrado a seguir ciertas recetas, da pereza aprender a cocinar otros platos, buscar otros tipos de alimentos… Sino porque socialmente estamos marcados por nuestro orgullo culinario, hasta tal forma, que quedar a comer con amigos, resulta una tarea ardua si quieres tomar una dieta más ética. Te preguntarán constantemente o se reirán de tí. Y eso si encontráis un establecimiento con opciones veganas, sin marcarles a ellos su comida. 

Mente abierta

Otra razón que podemos añadir a la lista es la inteligencia emocional que va asociado a la decisión de no comer animales. Empatizar con los seres sintientes es algo que no es capaz de hacer todo el mundo, pero aquellas personas con una mayor inteligencia emocional no tardan en darse cuenta del sufrimiento que se causa con la dieta omnívora. 

En varias investigaciones dentro de psicología social y economía del comportamiento aparece la misma tendencia:
altos niveles de inteligencia general + mayores capacidades de razonamiento moral abstracto + estilos cognitivos deliberativos =  menor consumo de carne

Esto no implica que todas las personas inteligentes elijan una dieta vegana, sino que entre quienes lo hacen, estadísticamente hay una sobrerrepresentación de perfiles con CI más alto/educación más alta.

Al fin y al cabo, cuando la inteligencia se une al pensamiento crítico y a la sensibilidad ética, aparece el cuestionamiento del especismo, y ese cuestionamiento lleva de forma natural a adoptar una dieta ética sin animales.

Y tú… ¿alguna vez te has preguntado qué sienten los seres que nos rodean? A veces, la pregunta adecuada puede cambiarlo todo.

Con cabeza y corazón.

Donna Ratier-Kimberley

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Japón hace muchos años

El mito de la carne

Japón hace muchos años

“Comer macetas está de moda.”

Pues parece que no. Lo que está de moda —y desde hace muy poco— es comer tanta carne. Durante casi toda la historia, las sociedades humanas vivieron con dietas basadas en plantas: arroz, legumbres, cereales, verduras y frutas. Comer carne a diario es una costumbre reciente, nacida con la industrialización y la expansión colonial.

En Japón, India, Etiopía o Europa, millones de personas pasaron siglos sin comer animales… por ética, por respeto, por cultura o, simplemente, porque no era necesario.

Japón: más de 1.000 años sin carne

Desde el año 675 d.C. hasta 1872, la carne estuvo prohibida por ley.
El budismo y el sintoísmo promovían el respeto a los animales, y la dieta japonesa se basaba en arroz, legumbres, verduras y algas.
Fue el emperador Meiji quien rompió el tabú al comer carne por primera vez en público como símbolo de “modernización”.

India: la no violencia como norma

El principio de ahimsa —no hacer daño a ningún ser sintiente— guió la alimentación durante siglos.
El jainismo y el hinduismo mantuvieron dietas vegetarianas o veganas desde hace más de 2.500 años.
Las legumbres son el corazón de la cocina india tradicional.

Europa: la carne era un lujo

Durante siglos, las clases populares apenas comían carne.
La Iglesia imponía ayunos y abstinencias casi la mitad del año, y muchas órdenes monásticas eran vegetarianas.
La carne se convirtió en símbolo de estatus solo tras la Revolución Industrial.

África y Oriente Medio: moderación y respeto

En Etiopía, la Iglesia ortodoxa prohíbe la carne y los lácteos más de 200 días al año.
En el Islam, el sacrificio debe realizarse con compasión y agradecimiento.
En regiones áridas, la carne siempre fue un lujo excepcional.

América precolombina: civilizaciones basadas en plantas

Antes de la colonización, las principales culturas (mayas, mexicas, incas…) se alimentaban de maíz, frijoles, calabaza, patata, quinoa y frutas.
La caza existía, pero no era la base de la dieta.

Conclusión: un mito moderno

Durante casi toda la historia, la humanidad comió sobre todo plantas.
La carne diaria es un fenómeno moderno, nacido con la industrialización y la colonización. se inventaron formas de producir carne en masa encerrando a millones de animales en naves sin luz, sin espacio y sin aire limpio. Esa violencia permitió algo impensable:
que la carne fuera barata. A costa de los animales, del planeta y también de nuestra salud.

Con cabeza y coarzón.

Donna Ratier-Kimberley

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Hamburguesa Vegana

El mundo al revés

El mundo está patas arriba. No sabemos por dónde empezar. Son tantas las cosas que hay que arreglar, que hacer una lista y priorizar parece imposible.

Y sin embargo, parece que hay quienes tienen claro cuál es el principal problema. La Unión Europea vota para prohibir el uso de «hamburguesas vegetarianas» y «salchichas de origen vegetal».

Sí, justo eso. No la crisis climática, ni la explotación animal, ni la contaminación de los ríos o la pérdida de biodiversidad… No. El verdadero drama es que alguien compre una hamburguesa vegetal y… ¡le guste!

¿Cuál es exactamente el problema? En todos los envases se indica claramente que son veganas. Tienen un público específico, y nadie se confunde. Tal vez el conflicto sea puramente semántico: no está bien —dicen— que se llame hamburguesa a algo que no implique sufrimiento ni tortura hacia un animal.

Me recuerda a cuando, hace veinte años, se discutía si una unión entre dos personas del mismo sexo podía llamarse “matrimonio”. La palabra, decían, pertenecía a la Iglesia. Hasta que, con el tiempo, el sentido común y la justicia se impusieron: una boda civil entre hombres o mujeres también es un matrimonio.

Quizá este empeño con las etiquetas venga de ahí: de una necesidad de proteger palabras, aunque detrás de ellas haya realidades mucho más crueles que cualquier juego lingüístico.

Pero esta preocupación por la nomenclatura pasa por ser preocupante cuando afecta a una industria poderosa. Porque sino, ¿cómo se explica el caso por ejemplo de los sorbetes? El sorbete se diferencia al helado por no llevar ni leche, ni huevos ni nada que se le parezca, en cambio, muchas veces debemos comprobar el etiquetado porque no es así.

O en los huevos de “gallinas camperas”, con su número 1 bien visible y sus dibujos idílicos de aves felices al sol. Sabemos que no es así. Aunque tengan acceso al exterior, muchas veces las salidas al campo son limitadas (a veces pequeñas puertas a un recinto exterior). Esas gallinas viven en naves y hacinadas, los machos son sacrificados al nacer, y las hembras son sacrificadas cuando dejan de ser “productivas”. Pero ahí no estamos engañando a nadie, no como con los nuggets veganos.

Así que nada, antes de ayudar a los animales, parece que debemos dedicarnos a reetiquetar los productos veganos. Dejar claro que las hamburguesas son sólo hamburguesas si hay sufrimiento detrás.

El planeta arde, los mares se llenan de plástico, y los animales mueren a millones… pero al menos las hamburguesas llevan el nombre correcto. Qué tranquilidad.

Dejando de lado la ironía, que se llamen hamburguesas o vegamburguesas nos importa poco. Lo triste es que la preocupación sea esa: que haya quien invierta tiempo, energía y dinero en debatir una palabra mientras los animales siguen pagando el precio real.

Con cabeza y corazón.

Donna Raiter-Kimberley

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cartel entre familia y animales

Las personas que más quiero no son veganas

Mi pareja no es vegana. Mis padres no son veganos y mis hermanos tampoco. Mis mejores amigos tampoco son veganos. Muchas veces me he encontrado en la situación en la que la rabia y la frustración pueden conmigo y les he reprochado su incoherencia. Casi todos ellos tienen animales, y si vieran sufrir un animal en directo, irían corriendo a socorrerlo. Pero siguen comiendo animales, miran a otro lado y sí, desde la más fría bondad, me dicen que seguirán haciéndolo por muy incoherente que sea.

La disonancia cognitiva fue un término acuñado por Leon Festinger. Describe el estado de tensión o malestar psicológico que se produce cuando una persona sostiene dos o más creencias, actitudes o comportamientos que son contradictorios entre sí.

Las personas veganas padecemos disonancia cognitiva y emocional a diario. Amamos profundamente a nuestras parejas, familia y amigos y que, con sus elecciones alimentarias, machacan nuestros valores fundamentales sobre el trato animal. 

La ética animal es, en este caso, un valor central para nosotros, que choca con las costumbres, la tradición y la conveniencia. Este conflicto es continuo y no termina nunca. Resulta agotador. Todo ello junto al estrés de una minoría ética puede provocar un aislamiento social. La necesidad de justificar las elecciones, la confrontación constante y la sensación de soledad en los principios pueden generar un estrés crónico que retroalimenta la contradicción interna. A veces es tal el conflicto, que algunas personas deciden renunciar al veganismo, a sus principios, para encontrarse de nuevo en la misma dirección con su entorno y las personas que más quieren. 

La convivencia exige la gestión de este conflicto. Ahora bien, ¿cómo aceptamos querer a alguien que no está alineado con lo que consideramos lógico y de un valor ético profundo de no causar daño a seres sintientes? ¿Cómo se reconcilia la idea de que una «buena persona» puede indirectamente causar daño a los animales?

En este planteamiento podemos encontrar tres puntos que suelen ayudar a llevar este conflicto tanto interno como externo lo más pacíficamente posible.

Es importante no juzgar. La mayoría de los veganos que existen actualmente nacieron y crecieron en una dieta no vegana. Tardaron más o menos en fijar sus ideas y en llevar una dieta acorde a sus valores. No podemos exigir a nadie nada desde el malestar, porque seguramente salgan corriendo. No debemos juzgar a los que más queremos porque, seguramente, no saquemos nada de ello. Quizá en algún momento de sus vidas decidan no comer animales. Quizá no lo hagan nunca. 

Encontrar puntos en común. Enfocarse en los valores compartidos. Si nuestros amigos adoptan perros, ayudan también a los animales. No debemos achacar que deban hacer más, sino apoyar aquello que nos une.

Aceptar la imperfección. Ser vegano significa dar un paso importante hacia el respeto a los animales, pero eso no nos convierte en mejores personas en todo lo demás. Nadie es perfecto, nadie está libre de contradicciones. Lo esencial es reconocerlas, convivir con ellas y mantener la conexión con quienes queremos. Desde esa honestidad, podemos apoyarnos unos a otros y, sin buscar la perfección, seguir aprendiendo, creciendo y mejorando.

Es difícil. Es agotador. Es un acto de equilibrio continuo. Pero merece la pena.

Con cabeza y corazón. 

Donna Ratier-Kimberley

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vaca con número de identificación

La cifra que cuesta imaginar: más de un millón de animales muertos al día

ConceptoCifra/Descripción
Animales ejecutados en mataderos en España (2024)>1.250.000 cada día
Animales exportados vivos (anualmente)Cientos de miles (UE, China, México, Rusia, Arabia Saudí…)
Expectativa de vidaSiempre muerte temprana y vida de miseria en granjas
Prácticas permitidas por normativa europea– Trituración de pollitos machos vivos- Amputación de rabos de cerdos sin anestesia- Gallinas en jaulas del tamaño de un folio- Cerdas inmovilizadas en jaulas de parto durante >1 mes
Condiciones habituales en granjasHacinamiento, suciedad, falta de luz solar, ausencia de asistencia veterinaria, convivencia con cadáveres
Promedio de animales consumidos por persona a lo largo de su vida~7.000
Animales acuáticos (peces, mariscos, etc.)No contabilizados como individuos: millones adicionales invisibilizados

Las cifras son abrumadoras. Tanto, que cuesta hacerse una idea de la situación. Conejos, cerdos, ovejas, pollos, vacas, caballos… Según datos del ministerio de agricultura, durante el año 2024 se ejecutaron en mataderos MÁS de 1.250.000 animales CADA DÍA en nuestro país.

A estos animales ejecutados en los mataderos españoles, hay que sumar los cientos de miles que se venden cada año vivos a otros países, tanto de la Unión Europea (que se rigen por la misma normativa) como a países terceros, con normativa infinitamente más laxa y que suponen infernales viajes de semanas, la mayoría en barco, para recorrer miles de kilómetros hasta su destino final en China, México, Rusia o Arabia Saudí, entre otros.

Si para muchas personas el lugar donde se nace determina la probabilidad de sobrevivir, pertenecer a una especie considerada “ganadera” implica la certeza de una muerte temprana y una vida de miseria, donde no importan lo más mínimo los intereses propios. Donde cada individuo es un simple número en un dispositivo identificador.

De hecho, y considerando que la normativa europea está a años luz de la de otros países respecto al supuesto “bienestar” de animales en las explotaciones ganaderas, ésta permite que los pollitos machos sean triturados vivos, que a los cerdos se les ampute el rabo sin anestesia, que se considere adecuado que una gallina viva en una jaula del tamaño de un folio, dentro de una nave sin acceso al exterior, o que una cerda pase más de un mes, tumbada e inmovilizada, desde unos días antes de dar a luz, hasta que, después de amamantar a sus pequeños durante unos 28 días, se los roben.

Para los animales considerados “de granja” cada día es un suplicio.

Imagina vivir en condiciones de hacinamiento, entre heces, sin acceso directo a la luz del sol, sin asistencia veterinaria en caso de enfermedad o dolor y conviviendo en ocasiones con los cadáveres de tus compañeros… Y por supuesto, sin que a nadie le importe lo más mínimo con quién has establecido vínculos afectivos.

Esta situación se repetirá día tras día, hasta que un día te suban a un camión y llegues al matadero donde esperarás, con terror, turno en una fila de la que no puedes escapar, mientras presencias cómo van ejecutando, uno a uno, a tus compañeros.

Esto, que parece una historia de terror, es la realidad impuesta a cientos de millones de animales cada año en nuestro país.

Si la situación de estos animales te duele y te parece injusta, puedes ayudarles. Cambia el consumo de carne por una dieta basada en vegetales.

Es más sencillo de lo que parece y desde Empatía te queremos ayudar con nuestro programa gratuito, de 8 semanas, elaborado por una dietista-nutricionista.

Si de media cada persona consume 7.000 animales a lo largo de su vida, ¿a cuántos animales salvarás tú?

*La información ofrecida no tiene en cuenta en cuenta a los peces y otros animales marinos, que ni siquiera se contabilizan como individuos.

Raquel Aguilar Povill

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cesta de alimentos del Manifiesto a favor de la transición alimentaria

Comentario al manifiesto de Transición Alimentaria

Por Marina García de Bernardi, nutricionista

Desde la asociación Empatía queremos contarte que nos hemos adherido al ‘Manifiesto a favor de la Transición Alimentaria’, el cual te invitamos a leer. https://docs.google.com/forms/d/e/1FAIpQLSdauJakypvqBBuqbclcfl0yea7OdP8-Z-ba2URglc5ASav_FQ/viewform

Desde hace tiempo se conoce que el consumo de alimentos de origen animal origina un gran impacto ambiental, efectos negativos en la salud si son consumidos en exceso y, lógicamente, sufrimiento animal.

Abordar el modo de cría e impacto ambiental de los animales de abasto es complicado puesto que cada sector tiene sus características: desde las explotaciones intensivas donde tenemos pollos, cerdos, terneros y conejos principalmente, a explotaciones avícolas de puesta, explotaciones lecheras, la acuicultura o la pesca. Si quieres profundizar sobre ello te invitamos el artículo ‘La solución está en tu plato. https://asociacionempatia.es/articulo/la-solucion-esta-en-tu-plato/

Hoy queremos dedicar estas líneas a ellos, esos millones de animales que cada año son mal criados y sacrificados en España.

Una anécdota: hace muchos años (en el siglo pasado) estudié unos años de veterinaria. Por aquel entonces asignaturas como fisiología o bioquímica se estudiaban en libros de medicina humana por la simple razón que el funcionamiento era el mismo.

Los mamíferos

Los mamíferos como los cerdos, terneros, caballos y conejos tienen una amplia percepción sensorial. Tienen cerebros relativamente complejos con áreas dedicadas a la interpretación de estímulos, memoria, emociones y toma de decisiones. La corteza cerebral y estructuras subcorticales permiten aprendizaje, reconocimiento de objetos, miedo, placer y motivación. Hay evidencia de emociones y estados afectivos (alegría, miedo, dolor, ansiedad) en muchos mamíferos. Los indicios incluyen respuestas fisiológicas, conductuales y cambios en la neuroquímica cuando se enfrentan estímulos agradables o aversivos.

Estos animales muestran aprendizaje significativo, memoria y, en algunos casos, autoconciencia parcial (capacidad de reconocer el propio cuerpo en pruebas específicas) o comprensión de intenciones de otros. Esto varía por especie, pero demuestra que la percepción del mundo no es pasiva: es adaptativa y contextual.

La mayoría son altamente sociales y pueden leer señales de otros individuos (expresiones faciales, vocalizaciones, marcadores olfativos), hecho indispensable para la cooperación, el cuidado de crías, alianzas y jerarquías sociales. Imaginaros por un momento lo que deben de sentir en el matadero al oler la sangre, feromonas y gritos de sus similares, después de viajes agotadores en transportes en los que no se pueden tumbar por falta de espacio y en los que no se les da ni agua, ni comida, ni protección frente al frío o al calor.

El sufrimiento de los últimos días es solo el colofón de una vida terrible en las explotaciones, con mamás cerdas que no se pueden mover, cerditos deformes por la hipertrofia muscular, sin espacio, ni zonas de camas adecuadas, terneras que son separadas de sus madres cuando ni siquiera se han puesto de pie (hecho terrible para la cría y para la madre) y que son criadas en habitáculos individuales sin tener ningún contacto físico con otros de su especie. Una barbaridad tras de otra.

Las aves

Los pollos, pavos y aves tampoco se quedan cortos en cuanto a sensibilidad y percepción del mundo. 

Los pollos tienen buena visión y oído para detectar depredadores y localizar comida. Ven mejor la luz cercana y los colores, y su olfato es útil para identificar alimento y otros pollos. Su tacto es importante en el reconocimiento del entorno y de sus compañeros.

Viven en grupos jerárquicos. Interpretan señales visuales y vocales de otras aves para entender quién manda y dónde ubicar a cada una dentro del grupo. Comunican estados y posiciones a través de vocalizaciones y lenguaje corporal (plumas erguidas, posicionamiento del cuerpo, diapasón de canto). 

Aprenden rápidamente por observación y experiencia. Muestran respuestas ante amenazas (reacciones de alarma, aleteo, busca de cobertura) y pueden exhibir placer al comer o al interactuar con otros pollos. El estrés por manejo, espacios reducidos o incomodidad afecta su comportamiento y salud.

Los pollitos aprenderían de la madre y de otros pollos sobre dónde dormir y cómo evitar peligros, pero les es negado este derecho natural ya que nunca tendrán contacto con ella. En cambio, acabarán creciendo en 21 días lo que naturalmente crecerían en 60 días, muchos de ellos con las patas fracturadas cuando estas ya no puedan sustentar el peso de los músculos hipertrofiados. 

Los habitantes del mar (que no marisco ni pescado)

Los peces perciben la vida y el daño: muchos peces muestran respuestas ante estímulos que implican amenaza, dolor o estrés (evitan estímulos aversivos, buscan refugio, presentan cambios hormonales y de comportamiento), lo que indica que perciben su entorno de forma significativa y pueden reconocer situaciones perjudiciales. Hay evidencia creciente de respuestas afectivas básicas en peces (ansiedad, miedo, placer).

Aunque es un campo poco estudiado, algunos experimentos sugieren que ciertos peces pueden reconocerse a sí mismos en reflejos o mostrar complejas habilidades de aprendizaje.

Muchos peces forman estructuras sociales complejas, reconocen individuos de su grupo, y responden a jerarquías y a señales de otros individuos. 

Un discurso paralelo al de los peces se podría aplicar a los moluscos y demás invertebrados.

El consumo 

En el Informe Anual de Consumo Alimentario de España de 2024 indica que el consumo per cápita por persona y año de carnes (rojas y blancas) asciende a 41, kg el de pescado y marisco a 18 kg, el de huevos a 9 kg y el de leche y derivados a 96 l/persona/año, mientras que el de legumbres es de escasos 3,36 kg y la suma de arroz y pasta alcanza valores similares. La fruta alcanza los 79 kg y las hortalizas los 50 kg.

Todo indica que lo lógico sería aumentar el consumo de proteína vegetal, dado los beneficios éticos, ambientales y de salud que nos podría aportar.

La transición alimentaria presenta ventajas como:

Una economía sostenible: La producción de alimentos de origen animal requiere grandes cantidades de recursos, como agua, tierra y alimentos para el ganado. Al dejar de consumir estos alimentos, se puede reducir la presión sobre los recursos naturales, aspecto muy importante en un planeta cuya población no para de crecer.

Soberanía alimentaria: Consumir alimentos de origen vegetal puede promover la capacidad de las comunidades para producir sus propios alimentos de manera sostenible y sin depender de sistemas agroindustriales.

Mitigación del impacto ambiental: La producción de alimentos de origen animal tiene un gran impacto ambiental, incluyendo la deforestación, la contaminación del agua y el aire a través de desechos animales y el uso de agroquímicos y la emisión de gases de efecto invernadero. Otro aspecto fundamental frente al cambio climático.

Mejora de la salud: El consumo excesivo de alimentos de origen animal está relacionado con enfermedades crónicas como la obesidad, enfermedades del corazón y la diabetes. Adoptar una dieta basada en plantas puede mejorar la salud y prevenir enfermedades.

Ahorro económico: el coste de las proteínas vegetales es inferior a proteínas animales lo que permite invertir ese dinero en el consumo de vegetales ecológicos de cercanía, mejorando así nuestra salud y economía circular.

Y, por supuesto, el desarrollo de una conciencia ética: un mayor respeto hacia los animales, las diferentes formas de vida y el medio ambiente, en una palabra, hacia la vida en nuestro planeta.

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insectos, seres sinitentes

¿Vale menos una vida breve?

¿Vale menos una vida breve?

Por qué debemos dejar de despreciar a los insectos

Cuando se trata de valorar la vida de otros animales, los humanos no siempre somos tan racionales como creemos. Una de nuestras ideas más instaladas —aunque rara vez confesada— es que las vidas breves valen menos. Cuanto más corta es la existencia de un ser vivo, menos nos cuesta quitarla de en medio. Y si ese ser es pequeño y silencioso, entonces ni siquiera solemos reparar en ella. Es lo que ocurre con los insectos: mueren a millones, a veces en un instante, y casi nadie se detiene a pensar en lo que eso significa para ellos.

Sin embargo, ¿realmente es justo valorar menos una vida solo porque dura menos tiempo?

El mito de los insectos efímeros

Muchas personas creen que todos los insectos viven apenas unos días, como si su presencia fuera tan breve que no mereciera nuestra atención ni respeto. Este prejuicio tiene algo de cierto, pero también mucho de falso. Es verdad que algunos insectos, como las efímeras (Ephemeroptera), viven solo unas horas en su fase adulta (Barber-James et al., 2008). Lo mismo ocurre con ciertas mariposas que sobreviven apenas una o dos semanas.

Pero hay otros insectos cuya longevidad sorprende:

  • La reina de una colonia de termitas puede vivir hasta 30 años, siendo uno de los insectos más longevos conocidos (Thorne et al., 1999).
  • La cigarra mágica (Magicicada septendecim) pasa 17 años bajo tierra antes de emerger para unas pocas semanas de vida adulta (Williams & Simon, 1995).
  • Algunas larvas de escarabajos cerambícidos, como el Ergates faber, pueden vivir hasta 10 años dentro de la madera antes de convertirse en adultos.
  • Las reinas de ciertas hormigas carpinteras pueden vivir más de 15 años.
  • Y el escarabajo ciervo, una de las especies más emblemáticas de Europa, tiene una fase larvaria que dura entre 3 y 7 años (Ranius, 2002).

La vida de los insectos es, por tanto, mucho más diversa —y duradera— de lo que imaginamos. Lo que sucede es que muchas de esas vidas transcurren fuera de nuestra vista. Y lo que no vemos, rara vez lo valoramos.

¿Menos años, menos valor?

En situaciones de emergencia, incluso entre humanos, solemos aplicar un criterio parecido: se salva antes a un niño que a un anciano. Esa decisión está motivada por una lógica de “años por vivir”, una especie de cálculo implícito del valor futuro de la vida.

Este razonamiento ha sido muy discutido en bioética. La filósofa Christine Korsgaard defiende que el valor de una vida no debería depender de cuánto le queda, sino de lo que representa para quien la está viviendo (Korsgaard, 2018). Y la moralista Martha Nussbaum sostiene que la duración no puede ser el único criterio para atribuir valor: cada vida, aunque sea breve, es completa desde la perspectiva del ser que la vive (Nussbaum, 2006).

Aplicado a los insectos: si una mariposa solo vive 15 días, esos 15 días son su vida entera, su mundo, su oportunidad de existir. ¿Qué derecho tenemos a menospreciarla por ser corta?

El sesgo del tamaño

No solo la duración influye en cuánto valor otorgamos a una vida: también el tamaño. Entre dos animales con la misma esperanza de vida, solemos otorgar mayor importancia a aquel que es más grande o se parece más a nosotros. Este sesgo se observa tanto en nuestra relación con otros humanos como con los animales: un elefante nos inspira admiración y respeto, mientras que un ratón o un grillo, con idénticos años por delante, apenas despiertan nuestra atención.

El filósofo Peter Singer ha señalado que esta preferencia por los animales grandes es arbitraria y moralmente irrelevante: el tamaño no determina la capacidad de sufrir ni el valor intrínseco de una vida. Desde una perspectiva ética, la capacidad de sentir —no el volumen del cuerpo— debería ser el criterio relevante. Un animal pequeño vive su vida con la misma intensidad y plenitud que uno grande, y su sufrimiento no es menor por ocupar menos espacio en el mundo.

El sesgo del sufrimiento breve

Desde la psicología, sabemos que la empatía humana es selectiva. Solemos responder más ante una víctima identificable y cercana que ante millones de seres desconocidos (Slovic, 2007; Small & Loewenstein, 2003). Y si además esas víctimas son pequeñas, breves y silenciosas, el “apagón empático” se vuelve casi total.

Sin embargo, investigaciones recientes han mostrado que muchos insectos poseen sistemas nerviosos lo bastante complejos como para sentir dolor (Adamo, 2016; Elwood, 2019). Las abejas, por ejemplo, muestran emociones positivas ante recompensas inesperadas, lo que sugiere una vida emocional rudimentaria pero real (Perry et al., 2017). Las moscas, grillos o cucarachas también presentan comportamientos de aprendizaje, memoria y evitación del daño.

Entonces, ¿cuánto vale el dolor de un insecto? Si solo va a vivir unos días, ¿importa menos que el dolor de una vaca, de un perro o de una persona?

El peso moral de lo pequeño

El filósofo Jeff Sebo propone una idea provocadora pero muy necesaria: una ética de escala. Aunque el sufrimiento de un insecto pueda ser menos intenso o breve que el de un animal más grande, el número de insectos afectados en la agricultura, ganadería y vida urbana es tan inmenso que su sufrimiento total no puede seguir ignorándose (Sebo, 2022).

Y lo más inquietante es que muchos de esos insectos son víctimas invisibles de nuestras decisiones cotidianas, desde el uso de pesticidas hasta el transporte industrial o la explotación de grillos como “proteína alternativa”. La idea de que “solo son insectos” ha servido durante siglos como excusa para no mirar.

Conclusión: no es su brevedad, es nuestro prejuicio

Los insectos no valen menos porque vivan menos. Valen menos porque así lo hemos decidido. Porque su vida nos parece ajena, corta o insignificante. Pero para ellos, cada segundo cuenta. Cada día es todo lo que tienen. Cada vida es un universo entero.

Si de verdad creemos en la empatía, en la justicia y en el respeto hacia todos los seres sintientes, entonces debemos empezar a mirar también a los insectos. No porque sean útiles. No porque vivan más. Sino porque están vivos. Y sienten. Y su vida importa.

Además, es urgente abrir este debate porque la industria alimentaria está empezando a promover el consumo de insectos como una supuesta alternativa sostenible a la carne, vendiéndolos como “proteína del futuro”. Pero sustituir vacas por grillos no resuelve el problema ético de fondo: seguir usando a seres sintientes como ingredientes. La alternativa verdaderamente compasiva no pasa por comer insectos, sino por dejar de considerar a los animales —grandes o pequeños, con años de vida o con segundos— como recursos comestibles.

Porque aunque su vida dure un suspiro, merecen vivirla en paz.

Con cabeza y corazón


Referencias

  • Adamo, S. A. (2016). Do insects feel pain? Animal Behaviour, 118, 75–79.
  • Barber-James, H. M., et al. (2008). Global diversity of mayflies. Hydrobiologia, 595, 339–350.
  • Elwood, R. W. (2019). Do insects feel pain? Animal Sentience, 25(1).
  • Korsgaard, C. M. (2018). Fellow Creatures: Our Obligations to the Other Animals. Oxford University Press.
  • Nussbaum, M. C. (2006). Frontiers of Justice. Harvard University Press.
  • Ranius, T. (2002). Population ecology of beetles in hollow oaks. Biological Conservation, 104(1), 1–13.
  • Sebo, J. (2022). Saving Animals, Saving Ourselves. Oxford University Press.
  • Singer, P. (1975). Animal Liberation. New York: HarperCollins.
  • Slovic, P. (2007). Psychic numbing and genocide. Judgment and Decision Making, 2(2), 79–95.
  • Small, D. A., & Loewenstein, G. (2003). Helping a Victim or Helping the Victim: Altruism and Identifiability. Journal of Risk and Uncertainty, 26(1), 5–16.
  • Williams, K. S., & Simon, C. (1995). The ecology, behavior, and evolution of periodical cicadas. Annual Review of Entomology, 40, 269–295.

Donna Ratier-Kimberley

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